
Mis series de TV de 2015 (balance incompleto)
Soy presa fácil para los marketeros culturales. Por más que intente, no puedo resistirme al sello de prestigio. Ponele al poster de una película las hojitas esas de Cannes y estoy…
MIS SERIES DE TV DE 2015 (BALANCE INCOMPLETO)
Soy presa fácil para los marketeros culturales. Por más que intente, no puedo resistirme al sello de prestigio. Ponele al poster de una película las hojitas esas de Cannes y estoy en primera fila. Tengo 42 listas de fin de año de lo mejor esto y aquello guardadas en Pocket, y muchas vienen de sitios como Pitchfork que sólo leo la última semana de diciembre. Una vez me pesqué escribiendo “premio de la Academia” en vez de “Oscar”.
Pero este año el prestigio me falló como nunca. El cine festivalero me dio tanta claustrofobia como los blockbusters, largué a las pocas horas los juegos que “hay que jugar” en pos de modestos roguelikes, y, en especial, no pude pasar del capítulo tres de las series declaradas de importancia cultural de 2015. No porque no fueran buenas, sino porque no sentí más incentivo para seguir viéndolas que el formar parte de una conversación que, me parece, me está dejando de lado.
Digamos, por ejemplo, “Fargo”. Me gustó mucho la miniserie anterior, aunque hoy sólo recuerde con afecto algunos de sus personajes y escenas individuales (¡ese tiroteo en la nieve!). Esta segunda temporada no empieza mal en lo narrativo. Tiene, como la anterior, lindos secundarios y un universo propio, aunque en Patrick Wilson ponga al actor (y personaje) menos coeniano posible en su centro.
Desde el título, la estética, y las obsesiones temáticas, “Fargo” cita a una de las películas emblemáticas de los noventa, y se ha vuelto bandera de un movimiento para mí inexplicable que sostiene que la tele es “el nuevo cine”, o que, bajo quién sabe qué parámetro, sus historias de 13, 22, 150 horas narradas a lo largo de varios años son “mejores” que lo que el cine tiene para ofrecer.
El problema es que el segundo capítulo (y último que vi) de “Fargo” (S02E02) cierra con un par de escenas que sólo pueden aceptarse (¿explicarse? ¿justificarse?) en el contexto de las limitaciones del formato televisivo. El protagonista, un estoico policía de pueblo, investiga una escena del crimen acompañado, por razones imposibles de explicar, por su familia entera: esposa enferma de cáncer, hija de 10 años. Por supuesto, la nena y la mujer encuentran el arma asesina enterrada en la nieve, y justo en ese momento, pasa frente al oficial (en ominosa cámara lenta) el auto que lleva a los villanos de la serie. Los dos grupos no se conocen, no saben de su existencia. Sólo el público sabe que Wilson cruza miradas con sus futuros antagonistas. Corte a negro.
Pero no me molestó la arbitrariedad del encuentro, no me jodió lo forzado de insertar el cliché del héroe mirando al malo a los ojos, ni me irritó el sinsentido de que Wilson exponga a su familia. El problema fue el corte a negro. Y es que “Fargo” se ve en USA por FX, un canal de “basic cable” que tiene cortes comerciales. El único propósito de esa escena es que no cambies de canal. Y lo mismo pasa con el final de ese capítulo, una escena hitchcockiana muy bien realizada que ofrece gore, humor negro, y el encuentro de dos personajes importantes, pero que a pesar de sus indudables méritos de cortometraje de estudiante ejemplar no avanza la historia ni un milímetro. Te quiere dejar en un punto alto, y a mí me quitó las ganas de seguir viendo.
Lo mismo me pasó con “Jessica Jones” (basada en “Alias”, uno de mis cómics favoritos), que empecé a ver con la mejor predisposición y me terminó quemando con su historia de 90 minutos estirada a más de 600. No fue la única de las series que parecían diseñadas pensando en mí y de las que no pude ni tolerar la mitad. “Sense8” me derrotó con su circularidad new age, la gente linda y angustiada de “The 100” sostuvo tres capítulos de mi interés, y “The Man in the High Castle” hizo lo que parecía imposible - volver aburrido a Philip K. Dick. Mi buena voluntad dura cada vez menos y no quiero invertir en series que (dice Twitter) se ponen buenas en el capítulo 7 (“Mr. Robot”), en la temporada 2 (“Arrow”), o que resucitaron (“Homeland”) después de hacerme perder horas incontables.
Siento que la “era dorada” de la televisión que empezó con series como “The Sopranos” hace poco más de 10 años se ha convertido en el status quo, y el volar sobre el radar obliga a cualquier creativo a volverse conservador. Lo que hacían David Milch (“Deadwood”) o Joss Whedon (“Buffy”) silbando bajito, en canales perdidos y con rating insignificante no se puede replicar cuando la competencia es tanta y la televisión “de calidad” es un negocio que hay que cuidar.
No es que el cine no tenga convenciones para no ofender al público (y fomentar sus propios requerimientos comerciales) pero en la comparación con las películas más interesantes de este - o cualquier - año, las limitaciones de la televisión se notan cada vez más. Aunque el miedo a innovar no es tan evidente como en una novela de Televisa o en un clon de “CSI”, es lo único que explica decisiones que serían absurdas en términos estéticos o narrativos.
El miedo y la costumbre es la única razón por la que se podría explicar que series Netflix mantengan la estructura dramática de cinco bloques de la tele tradicional, o que fenómenos aclamados como “The Walking Dead” caigan en recursos dramáticos dignos de un capítulo de dos partes de Lassie… y ni hablar de los anti-héroes protagónicos en crisis, salidos del molde de Walter White, que llegaron a su punto más bajo en bodrios miserables como “Happyish” y “Blunt Talk”.
Si algo separa a las series de hoy de las más aclamadas (¡prestigio!) de hace una década es el cambio de moneda - hoy la unidad es la temporada, mientras que en 2005 la unidad todavía era el episodio, aún en precursoras del modelo serializado actual como “Lost” o “24”. Las cajas de DVD (primero) y las maratones de Netflix (después) hicieron mucho más redituable la tv modelada en base al best seller de aeropuerto, en la que cada episodio se entiende como el capítulo de un libro que tiene su principio, su final, y (usualmente) 400 páginas de relleno en el medio.
Y sin embargo son demasiadas las series que tratan de quedarse con el pan y con la torta, con capítulos incomprensibles para el neófito que a la vez gastan sus primeros diez minutos presentando a los personajes de nuevo, como si de un capítulo de “La Familia Ingalls” se tratara - ver por ejemplo las conversaciones entre Matt y Foggy en “Daredevil”, en las que, para poner al público en tema, se cuentan el uno al otro cosas que los dos saben perfectamente. Hasta “Doctor Who”, con su mejor temporada en años, se quedó a mitad de camino entre la colección de cuentos unitarios que perfeccionó Russell Davies y las telas de araña narrativas que tan bien le salen a Steven Moffat.
Tiene razón Charlie Kaufman en una entrevista que dio hace unos días a Vulture, en la que se queja de la poca voluntad de experimentar que se nota en esta nueva era dorada. Por eso para mí el punto alto de la televisión de 2015 estuvo en la comedia (justamente el campo de Kaufman), que se aleja cada vez más de la estructura del sketch y la sitcom y se compromete políticamente con una realidad a la que el “drama” le escapa como a la peste.
No se si son los presupuestos comparativamente más bajos, las expectativas de rating más modestas, o el sentido natural del timing del stand-up yanqui, pero este fue el mejor año que recuerde para la comedia televisiva. Obras de relojería (“Nathan for You”, “Gravity Falls”) improvisación desatada (“Kroll Show”, “Broad City”), y, sí, las grandes novelas americanas que les escapan a los guionistas de “drama” (“Transparent”, “Togetherness”).
Vamos a la lista. Son casi todas comedias (spoiler: las primeras son dramas). Pero antes, me dieron ganas de escribir sobre 15 capítulos de series que exploran como ninguna la estructura del episodio. Cualquiera de estas podría haber estado en el Top 10.
“Knockoffs”, S02E04 de “Broad City”. No hay mucho lugar para el sexo en la televisión norteamericana, a menos que sean las curvas softcore de “Game of Thrones” o los dobles sentidos de “The Big Bang Theory”. “Broad City” no habla de otra cosa, y en su mejor capítulo toma la sabia decisión de poner al personaje “serio” en el centro de un dilema sexual que no me ha tocado vivir pero con el que me identifico mucho más que con cualquier cosa que haya pasado en “Californication” (y eso que trabajo de guionista).
“Weirdmageddon Part 2: Escape From Reality”, S02E19 de “Gravity Falls”. Alex Hirsch tiene la valentía de pocos “showrunners”, y decidió poner un punto final a su exitosa serie animada después de 40 capítulos en los que no hay desperdicio. Esta mitad de la trilogía que cierra la serie es una excusa para explorar, desde adentro, la mente de Mabel Pines y desatar un nivel de inventiva visual digno del mejor Ralph Bakshi.
“Leslie and Ron”, S07E04 de “Parks & Recreation”. Después de un par de temporadas flojas salvadas por el bigote de Ron Swanson, la dupla insuperable de Amy Poehler y Nick Offerman cierra la amistad mejor retratada de la historia de la televisión. Leslie y Ron están en las antípodas ideológicas, y por ahí pegó ver este capítulo en una época en la que el (también televisivo) concepto de la “grieta” argentina hacía difícil sostener amistades. Por ahí pegaría verlo de nuevo.
“Knotty Pine”, S02E04 de “Playing House”. La química perfecta entre las dos protagonistas me hace querer que esta serie dure hasta el fin del mundo, o que al menos me den un par de capítulos más como este. En 20 minutos se las arreglan para hablar de sexo, amor, amistad, y de paso, recorrer un ratito del pueblo más “quisiera vivir ahí” desde Stars Hollow.
“THE Word”, S02E01 de “Black-ish”. Kenya Barris no se duerme en los laureles, y despliega su arsenal en cada capítulo: en “THE Word” hay stand-up, hay humor familiar a lo Norman Lear, recursos visuales y narrativos prestados a Spike Lee y comentario social más agudo que el de cualquier variante del “Daily Show”, porque Barris no pone distancia entre sus personajes y el mundo, y no tiene miedo a contradecirse ni a ensuciarse las manos.
“Miami”, S03E02 de “Drunk History”. El concepto es perfecto: un comediante se emborracha al punto de la ceguera y te cuenta, más o menos como se acuerda, un hecho histórico en forma de anécdota. Actores de primera línea interpretan con absoluta seriedad la anécdota, en secuencias que parodian el cine de época noventero. La temporada empezó muy bien, después decayó un poquito, pero no hay que perderse este capítulo en que Dan Harmon cuenta la historia de la “Madrina” colombiana, interpretada por Maya Rudolph con imponentes hombreras.
“Convention”, S04E05 de “Veep”. No me preocupa que sea la última temporada de Armando Iannucci mientras “Veep” mantenga alimentada a esta troupe perfecta de actores. Este es el capítulo en el que la colección de tics e insultos llamada Amy Brookheimer (Anna Chlumsky) por fin estalla contra la (¡presidenta!) Selina Meyer en una escena que cualquiera debería tener en sus señaladores, lista para el momento en que se necesite destilar un poco de bilis.
“Cop Story”, S05E03 de “Louie”. Esta temporada de Louie, casi un rejunte de lados “B”, no tiene escenas devastadoras como el final de “Eddie”, viajes al surrealismo como “Late Show”, ni experimentos minimalistas como “Elevator”… pero aún meses después de verlo no puedo parar de pensar en este capítulo incómodo, que (como el personaje del título) parece estar pidiendo por favor pongamos distancia. Un ejemplo más de cómo “Louie” lleva a otro nivel la “comedy of discomfort” superficial de Gervais y Baron Cohen.
“Total Rickall”, S02E04 de “Rick & Morty”. El Harmon más ligero, seguido del más paranoico. Aunque esta sombría, pringosa segunda temporada de R&M estuvo un pelito por debajo de la primera, este podría ser el capítulo más interesante de la serie, una colección de clips de capítulos que nunca existieron que podría ser una variante del (también genial) “Paradigms of Human Memory” de “Community” pero que (como todo en R&M) va mucho más allá.
“Nashville”, S01E06 de “Master of None”. En 2015 no hubo serie más relajada que la de Aziz Ansari. Cada guión parece escrito en la parte de atrás de una servilleta y cada toma podría ser la toma uno. Uno tarda en acostumbrarse, y es una pena, porque muchos se perderán esta primera cita que resuelve de una perspectiva fresca conflictos que hemos visto mil veces en sitcoms de cuarta: dormir al lado de alguien por primera vez, conocer y entender los gustos del otro, fallarle a una persona que nos importa.
“Escape from L.A.”, S02E11 de “Bojack Horseman”. Capítulo inolvidable de la muy buena segunda temporada de una serie de animación que se toma tiempo para mostrar sus cartas. Pocas comedias (animadas o feat. humanos) se animan a mostrar a su protagonista como un villano imposible de redimir. Técnicamente, Tony Soprano ha hecho cosas peores que Bojack, pero ninguna que resuene tanto como lo que pasa en “Escape from L.A.”.
El capítulo final (S05E12) de “Key & Peele”. Los últimos dos minutos, claro, son una despedida perfecta que cierra la parodia de dos temporadas de “True Detective” mejor que lo hicieran las dos miniseries de HBO. El 90% restante del capítulo es lo que K&P hicieron durante cinco años: una colección de viñetas cómicas brillantes, en las que demostraron que un sketch sí puede tener un final satisfactorio, a pesar de que SNL lleve casi medio siglo sin lograrlo.
“Kimmy Goes to Court!”, S01E12 de “Unbreakable Kimmy Schmidt”. La premisa de “Kimmy Schmidt” es dura, negrísima, pero la primera temporada deja de lado muy pronto los aspectos más oscuros y se convierte en la heredera directa de la ametralladora de gags que era “30 Rock”. No hay problema, son gags de Fey y Carlock, pero me interesa más a lo que apunta el cierre de temporada, que deja respirar un poco más los chistes y se beneficia de un Jon Hamm prodigioso.
“Homicide”, S02E06 de “Silicon Valley”. Como me pasaba con “Entourage”, me causa un poco de rechazo este grupo de nerds que se reserva el derecho de comerse el mundo. A diferencia de ese punto bajo de la comedia universal, “Silicon Valley” permite quedar mal de vez en cuando a sus criaturas, en especial el dúo de Gilfoyle y Dinesh. Ni siquiera el lenguaje visual del pornoconsumo, tan HBO, puede ocultar la negrura del SWOT con el que esos dos evalúan dejar morir a un skater.
“Pimento”, S01E09 de “Better Call Saul”. Está claro que prefiero la unidad del episodio a la temporada, pero Saul va un paso más allá: esta es una serie donde lo que importa es la escena y el resto es relleno. No hay ganchos, casi no hay giros, pero tiene cuatro o cinco momentos que están entre mis favoritos del año (¡el monólogo de Mike de “Five-O”!). Me gustó el ritmo glacial de esta primera temporada y ese concepto casi teatral de escenas que se repiten con ciertas variaciones. La mejor de todas, claro, la confrontación de “Slippin’ Jimmy” y su hermano Chuck al final de éste, que junto con el cierre de temporada es el episodio más logrado de la serie.
Estos son los 10 mejores programas de TV del año. No me entró ninguna serie inglesa (a pesar de que amé “Jonathan Strange & Mr. Norrell”), no me gustó “Historia de un Clan”, no me enganché con nada de Odeón, y el puesto número 2 lo vi en el cine, así que no sé si es una miniserie o una película o una novela filmada o qué.
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South Park. Debería ser imposible reinventar un programa de televisión en la temporada 19, pero South Park siempre ha sido un reflejo de la ideología de Trey Parker (hace rato que Matt Stone la mira de lejos), y si tu forma de pensar no evoluciona de alguna forma entre tus 25 y tus 45 tus problemas son bastante más graves que un dibujito animado estancado. La mirada libertaria de las primeras temporadas, que se reía por igual de izquierda y derecha se ha vuelto más compleja y a la vez más confusa, pero Parker no tiene problema en pensar en vivo y en directo, en equivocarse, en cuestionar cuál es su lugar en el mundo y en la televisión - por eso, y por la frase que cierra el último episodio, esta temporada es la más prometedora que haya visto de South Park, a pesar de capítulos flojísimos como el de Yelp, lo que me quedan son los ninjas de Isis, la obsesión de Randy Marsh por Whole Foods, y la genialidad de “Tweek X Craig”.
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Show me a Hero. A pesar de que sus seis episodios son tan densos como satisfactorios, me hubiera gustado una versión todavía más larga (¿quizás en tiempo real? Ni idea) que descomprima un poco la gesta de Nick Wasicsko. O por ahí es una excusa para ver a Oscar Isaac hacer lo suyo por 6, 12, 18 horas más. Hay actores que parecen llevar encima un aura de historia del cine, y nadie hace drama político a lo Sidney Lumet mejor que Isaac.
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Inside Amy Schumer. En el año de Schumer, me decepcionó mucho su especial de stand-up (y eso que “Mostly Sex Stuff” y “Cutting” son geniales) y me pareció, como a medio mundo, que el final de la correcta “Trainwreck” anula todo lo que propone el resto de la película. La tercera temporada de su serie de sketches, en cambio, fue la mejor de todas, mucho más allá del (justamente) aclamado “12 Angry Men Inside Amy Schumer” y de los momentos virales como “Girl You Don’t Need Make Up”. Creo que es la fórmula mágica está en el combo Amy+Jessi Klein - a diferencia del narcisismo natural del comediante, lo mejor que he visto de comedia norteamericana este año sale de colaboraciones entre mujeres (Tina+Amy, Ilana+Abbi, Jenni Konner+Lena Dunham, Lennon Parham+Jessica St. Clair).
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Bloodline. La “peor” serie de Netflix de 2015 fue la que más me gustó. Puede ser que sea porque está diseñada para empezar y terminar su recorrido comercial en la plataforma, y es la primera que hacen sin pensar en venderla en cable en Turquía, o buscando que se adecúe a las restricciones de contenido del prime time de Singapur. Creo que tampoco ofrece lo que el espectador de Netflix busca, ya que el guión es muy malo, una historia que no da ni para una película y que se estira hasta el infinito, mientras que toda la producción se siente como una excusa para viajar unos meses a Key West (con “Hannibal”, la mejor fotografía del año) y dejar lugar a un grupo titánico de actores a que hagan lo suyo. Teatral, excesiva, indulgente, repetitiva… Bloodline debería ser insoportable, pero su irrespeto a toda convención y sus ínfulas de tragedia griega fueron justo lo que necesitaba entre tanta tele de manual. Vale la pena verla, aunque sea sólo por las escenas que comparten Ben Mendelsohn y Sam Shepard.
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Review with Forrest MacNeil. Andy Daly interpreta a un crítico de TV cuya misión es reseñar experiencias cotidianas, desde las más triviales (“Visitar una Casa Embrujada”) hasta las más abstractas (“Creer en una Conspiración”). Review demuestra capítulo a capítulo el absurdo delicioso de llevar la lógica al extremo, pero su genialidad está en que cada segmento funciona como un sketch redondo y a la vez lleva adelante una historia que se extiende a lo largo de toda la temporada, oscura, retorcida y cerrada con un moño.
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Halt & Catch Fire. La primera temporada de esta serie es un manual de todo lo malo de la televisión de qualité: una ambientación interesante (la industria de la informática de principios de los ‘80) simula una riqueza temática que no está ahí, los personajes viven distintas variantes de la crisis de los 30, y tienen como ancla un Don Draper de cartón, un personaje/misterio central cuya difusa construcción justifica a duras penas sus actos arbitrarios. La primera temporada es eso: un Mad Men mal entendido, bien actuado, y razonablemente divertido para el que soñaba con tener una Texas Instruments en 1984. “Motín” es la palabra clave de la segunda temporada, y las que se rebelan son las mujeres del elenco, tomando control de la serie, convirtiendo al personaje misterioso en antagonista puro, y dejando a la deriva al resto de los hombres beta del elenco. Vale la pena amotinarse contra las leyes del buen espectador, leer la sinopsis de la primera temporada en Wikipedia y zambullirse en el mar infestado de tiburones de la segunda.
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You’re the Worst. Stephen Falk se formó en el establo de Jenji Kohan (“Weeds”, “Orange is the New Black”), amiga de lo grotesco, del exceso, y de seguir los caprichos de sus personajes como Alicia a su conejo, sin importar que no pueda volver de donde la llevan. Gretchen, la protagonista de esta comedia anti-romántica, pasa toda la segunda temporada cayendo en un lento, inescapable espiral de depresión clínica, mientras la troupe de payasos que la tenía como centro flota sin destino aparente. Falk sabe que no se puede hablar del horror con elegancia, y su humor vulgar encuentra la dimensión punk que la primera temporada solamente sugería.
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Transparent. Otra segunda temporada que se anima a ir más profundo. No me parecían fuera de lugar las comparaciones con Woody Allen de la temporada anterior, pero en la segunda Jill Soloway no se concentra tanto en el guión, confiando más en los actores, la cámara y, por lo tanto, el espectador. “Transparent” es de las pocas series que premian segundas o terceras miradas, y aunque no es difícil trazar los personajes a Woody, yo iría más lejos: desde el primer capítulo Soloway cita al Bergman televisivo de “Fanny & Alexander” y de ahí abre la puerta a los setenta, donde pasa el caos controlado de Altman, la melancolía de Ashby y, como en Cassavetes, el cuerpo que se rebela contra nuestros deseos.
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Invierno. Alberto Fuguet la describe como “una película en partes”, y por ahí se podría decir lo mismo de Berlin Alexanderplatz, o del Decálogo de Kieslowski. Para mí es tele (aunque yo la vi en el BAFICI). La mejor tele posible, al menos en teoría. Una obra novelística, sin limitaciones de tiempos, formato, lenguaje, que no insulta la inteligencia del espectador ni teme que justo te hayas dormido cuando se soltó un dato importante… pero que igual está diseñada para “leer” a capítulos, absorber, respirar. Hace pocos días Fuguet la subió a su sitio, para ver de forma gratuita. Revisé el primer capítulo y la elevé como cinco puestos en mi ranking personal. Dudo que le guste al que no le gusta Fuguet, pero igual hay que apreciar las posibilidades que abre al formato.
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Mad Men. ¿El final de una era? Nunca un creador fue tan consciente de su propia importancia como Matthew Weiner, y tenía todo su derecho a hacer implotar su creación o salir por la puerta chica. Los ejemplos no faltan, y el capítulo final es siempre una especie de declaración de principios. David Chase enfrentaba al espectador que lo había decepcionado a través del final de “The Sopranos”, Vince Gilligan cerraba “Breaking Bad” con la canonización a Heisenberg y David Simon llevaba el nihilismo a sus consecuencias naturales en el último “The Wire”.
Weiner, en cambio, nunca paró de experimentar, usando esta séptima temporada para probar cuántos elementos podía remover de “Mad Men” y que aún siguiera siendo “Mad Men”. Dick Whitman deja de lado sus vicios, su alter ego, sus mujeres y su trabajo, y completa de forma simbólica el recorrido de la silueta de la apertura. Un final perfecto, que niega “closure” al espectador novelero y evita la amargura que esperaban los cínicos. Esta es la temporada que más se parece a los cuentos entrelazados de Cheever o Barthelme, historias de 45 minutos que resuenan temáticamente, no con la siguiente, sino con la anterior, con otras temporadas, con toda la serie.
Don Draper se mira al espejo y se va sin despedirse. Chase se indignaba de que sus espectadores idolatren a Tony Soprano, Gilligan terminó aceptando que Walter White era el héroe de su épica, los dos, a su manera, lavándose las manos de su propia obra. Weiner, en cambio, sabe cuál es su parte en la arquitectura de esta década nefasta de genios/manipuladores incomprendidos coronada por Donald Trump y Steve Jobs. Las últimas temporadas de “Mad Men” muestran la tímida pero segura construcción de un mundo post-Don Draper. Espero que la tele de 2016 siga ese camino.
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