
Capitulo 1: Reign
El primer capítulo de una serie, conocido como “piloto” en la jerga de la industria, no solo es el punto de partida de la narración sino una historia contenida en sí misma, llena…
El primer capítulo de una serie, conocido como “piloto” en la jerga de la industria, no solo es el punto de partida de la narración sino una historia contenida en sí misma, llena de posibilidades y semillas de arcos argumentales. Esta sección analiza pilotos actuales y pasados para encontrar qué es lo que nos provoca atracción o rechazo de un “capítulo uno”.
Mil novelas rosas con el pelilargo modelo masculino Fabio en cueros en la portada lo saben: el sexo vende, pero el sexo con enaguas y vestidos largos vende el triple. El romance medieval es un género tan antiguo como popular, aunque sus pudorosas entusiastas siempre se han resistido a ver sus lampiños Lancelots y sus hirsutos Robin Hoods trasladados a la vulgaridad de la imagen en movimiento. Esta variante literaria llamada entre los que saben “bodice-rippers” (arranca-corsets) fue adaptada pocas veces y con poco éxito a cine y televisión, o al menos esta regla fue cierta hasta ese día maldito en que las novelas románticas pasaron de ser distracciones de solteronas a fenómeno adolescente.

Hablo de “Crepúsculo”, claro, y del dique arrebatado que abrió entre un público teen al que ya no le alcanzaban Brandons y Brendas: la pasión prohibida como metáfora de la abstinencia, el querer y no poder, el amor como la muerte… síntomas de una sociedad sexualmente reprimida que puso en la cima a la autora mormona Stephenie Meyer y sus clones. Ningún canal se benefició tanto de Twilight como CW, la emisora de más bajo rating de los Estados Unidos pero la que mayor seguimiento tiene entre el público femenino de 13 a 20 años. The Vampire Diaries fue la más exitosa, pero títulos como The Secret Circle, The Tomorrow People, o la inminente Star-Crossed van por la misma vertiente. Amores prohibidos con un toque de género.
¿Cuánto faltaba, entonces, para que la máquina de reciclaje adolescentoide usurpara A Game of Thrones? En los primeros cinco minutos de Reign (Jueves 8PM en USA, sin fecha de estreno en Latinoamérica), adaptación hiper-apócrifa de la historia de María Estuardo, llueve sangre del cielo, una monja muere envenenada de la forma más grotesca posible, y no tenemos una profecía sino dos: una niñita tétrica hablando de fantasmas y un émulo de Robb Stark con menos rulos experimentando un sueño premonitorio.
Los textos son predeciblemente expositorios (“¡Mary, tu eres la reina de Escocia!”) y las maquinaciones del guión nos presentan a los personajes con torpeza y falta de imaginación. Bloque a bloque el tono de Reign muta sin aviso de una remake de “El Diario de la Princesa” a los excesos de la “Elizabeth” de Cate Blanchett y Shekhar Kapur, estancándose en la peor variante posible: la telenovela palaciega de planos, contraplanos, y sirvientas escuchando detrás de la puerta. Ni siquiera Megan Follows (¡Ana de la Pradera!) haciendo de Catalina de Medici levanta el chatísimo nivel actoral. Quizás sea porque en la mayoría de sus escenas interactúa con Nostradamus. Un Nostradamus sexy, claro esta, pero ¿Nostradamus? ¿Tan desesperados estaban?

Si algo salva a Reign de la debacle absoluta es el trabajo de Brad Silberling, talentoso estilista visual (Una Serie de Eventons Desafortunados, la subvaluada Moonlight Mile) que convierte una escena ridícula donde las chicas medievales, aburridas con una boda, deciden bailar descalzas y escandalizar a la concurrencia en el punto de partida de una secuencia prodigiosa centrada alrededor de un furtivo encuentro sexual espiado por los personajes femeninos, y que a la vez gatilla de distintas maneras su propia experimentación: es una escena arriesgada en un piloto escrito por mujeres, que lamentablemente sufrió cortes entre su versión original y su salida al aire. Una de las muchachas se separa del grupo y merodea en silencio el impresionante castillo irlandés, casi perdida entre simbolismos que rozan (con estilo) lo chabacano y la sudorosa percusión de txalapartas vascas de la banda inglesa Crystal Fighters. El uso anacrónico del pop recuerda más “A Knight’s Tale” que a la Maria Antonieta de Sofía Coppola, y en sus momentos más afiebrados no cuesta ver planos calcados de “Criaturas Celestiales”.
Stephanie SenGupta, creadora de la serie, renunció poco antes del estreno, y no es difícil percibir choques tras bambalinas en la esquizofrenia narrativa y estilística del piloto. La pacatería de quién sea cortó esa escena de masturbación es la que termina prevaleciendo en Reign, que a pesar del talento y la belleza de su protagonista Adelaide Kane (comprometida al punto del delirio con su absurdo papel) se pierde en un predecible triángulo amoroso que ni todas las profecías del más sexy de los Nostradamus podrían hacer interesante. Cuando Reign deja que la tragedia inevitable tiña un poco de melancolía el despertar sexual de Mary, la serie encuentra momentos interesantes, de una intensidad emocional (muy shojo-manga en lo visual) que justifica la visión de este primer capítulo, aunque más no sea por esa secuencia perfecta y por una dirección de arte que hace milagros con el presupuesto limitado. El resto, como escribió un dramaturgo contemporáneo de Mary, es silencio.
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