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Game of Thrones S08E03: “The Battle of Winterfell”

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La batalla que todos esperábamos llegó, y a pesar de la innegable espectacularidad, no tiene el empuje narrativo de otros momentos superiores.

Ignacio Esains
Malditos Nerds  ·  Review  |  29 de abril de 2019

La batalla que todos esperábamos llegó, y a pesar de la innegable espectacularidad, no tiene el empuje narrativo de otros momentos superiores.

Después de dos capítulos de preludio, brindis, y despedidas, llegó el momento que todos esperábamos. La batalla entre bien y mal, el verdadero y único final del conflicto entre vida y muerte que se planteó desde el primer capítulo.

O quizás “esperábamos” no es la palabra correcta. El inglés tiene una expresión perfecta que es “dread”, y define la anticipación que causa un futuro que no podemos evitar pero que consume nuestros pensamientos.

Y creo que ese terror contenido que como viento helado recorría los pasillos de Winterfell en el capítulo anterior se refleja en los seguidores de la serie, porque ¿qué función cumplen los memes, los necroprodes, los chistes de mal gusto, más que decirle a la muerte “hoy no”?

El “hoy no” no se refiere a la muerte en sí, inevitable, abrupta, injusta. Se refiere a no dejar que ese dios nos gane, que no nos derrote antes de que de la estocada final. Morir solamente cuando nos llegue la hora y no un segundo antes.

Nuestras risas nerviosas en redes sociales eran nuestra versión de la borrachera de Tyrion & friends. Un ritual que buscaba distanciarnos del impacto emocional real que tendrá en nuestros corazones cada una de estas muertes. Sabemos que no son reales. Sabemos que narrativamente tiene sentido. Pero no podemos evitarlo. “Hoy no”. Pero hoy sí.

El capítulo empieza con manos temblorosas. Podemos adivinar de quién son. Samwell Tarly puede ser el hombre más valeroso del mundo, pero tiene mucho por qué vivir. Sus manos reciben dos cuchillos de vidriagón, rústicos, toscos. Esta no va a ser una batalla elegante.

Miguel Sapochnik, director del episodio y de la justamente famosa “Batalla de los Bastardos” trabaja de forma muy distinta al resto del equipo de la serie. Hay una búsqueda activa de la belleza en los desplazamientos de cámara, de lo épico ¿pero esta es una de esas batallas? ¿o es una gresca sucia, desesperada como fue el ataque al Muro o la defensa atolondrada de Aguasnegras?

De Sam pasamos a Tyrion, que se prepara para ir a la cripta, en un plano secuencia admirable en lo coreográfico pero ligeramente innecesario. No es momento para hablar, ¿pero qué nos dicen estas imágenes además de “ya empezó”? Una mirada misteriosa de Bran ya no es novedad. Aún en el principio, parece que no hubiese lugar para lo ominoso luego de la desnudez emocional del episodio anterior.

La reacción de Sansa, en cambio, sin una palabra, es desoladora. La negrura infinita de la noche de Invernalia es todavía peor que la visión del enemigo, y su rostro estoico de Dama del Norte se quiebra, como si no pudiera procesar lo que ve - tanto que ni siquiera es necesario que el director nos muestre esa inmensidad, esa incógnita.

La cámara recorre a los nobles, los arqueros, los salvajes, los dragones, inmaculados, dothrakis, catapultas… es el mayor ejército que haya visto el Poniente moderno, pero las imágenes parecen preguntarse si es suficiente. Y si no lo fuera, ya no hay más nada que hacer.

Desde la cima de una colina cercana, Jon Snow y Daenerys ven lo que está pasando (claramente montaban los dos dragones que vimos sobrevolar la fortaleza). No cruzan palabra, pero la tensión de la última escena del episodio anterior es palpable - no es difícil predecir lo que una mínima distracción podría causar en la batalla que se viene.

La cámara de Sapochnik nunca se queda quieta, casi no corta. Son planos largos, cada uno meticulosamente compuesto. En el momento lo sentí casi artificial, pero claro - la preparación es pura fluidez y elegancia, la danza antes del caos.

Pero antes del ejército llega un jinete solitario… ¿un soldado de avanzada? ¿o es una trampa? No es raro que el primero que tema algo extraño sea Davos, que perdió a su hijo al reaccionar demasiado tarde al botecito inofensivo que se acercaba a su flota sobre el Aguasnegras… ¿o es algo peor? ¿una provocación de un Rey de la Noche cuyas motivaciones adivinamos cada vez más complejas?

Nada de eso. Es Melisandre, la Mujer Roja del Señor de la Luz que viene a formar parte de esta batalla con una actitud distinta al miedo de sus últimas apariciones o a la seguridad manipuladora del principio. Está acá, como los demás, para cumplir una misión. Y que Melisandre con una sola plegaria pueda encender las guadañas del ejército dothraki completo parece ser una señal de que la reencarnación de Azor Ahai está entre los defensores (la pregunta es ¿quién es?).

Melisandre saluda a Gusano Gris con un “Valar morghulis” (qué fácil jugar el necroprode para una adivina) y se encuentra con Davos, que había prometido matarla si volvía a pisar Poniente. Ella asegura que estará muerta antes del amanecer (y al parecer Arya será la culpable). Quizás es raro que Davos confíe, pero también está claro desde el primer segundo que este no será un capítulo de diálogos sino de miradas, acciones, reacciones. Como los movimientos de cámara de Sapochnik, a mi entender le dan un toque ligeramente artificial al desarrollo del capítulo.

Alguien ve algo, parece, porque de repente el ataque empieza. Los dothraki en llamas, con un Jorah que a duras penas puede mantener el ritmo, son la primera avanzada (feat. Ghost). Las guadañas y catapultas echan algo de luz sobre una oscuridad casi impenetrable, una decisión creativa que hace difícil seguir un hilo visual, ya que cada cambio de plano nos obliga a descifrar qué es lo que estamos viendo.

Pero la oscuridad es imprescindible y la confusión es necesaria, ya que Sapochnik no está contándonos una batalla o una telenovela palaciega: este episodio es una película de terror de 81 minutos, que vuela por todos los códigos del género, empezando por un ballet de luces que sin mostrar una gota de sangre, congela nuestras venas.

Los dothraki chocan contra una pared de muertos. En cuestión de segundos la primera avanzada desaparece por completo. Si la espera de por sí era tétrica, la imagen de las guadañas dothraki apagándose como luciérnagas es tan poética como desoladora.

El minimalismo a la hora de narrar también surte efecto cuando Daenerys se decide a montar a Drogon y Jon intenta detenerla: “El Rey de la Noche todavía no llegó” - en la Batalla de los Bastardos tuvo que pagar un alto precio por atacar antes de tiempo. Dany no tiene interés en razonar. “Los muertos ya están aquí”.

Y los muertos son una ola imposible de combatir ¿cómo pensamos alguna vez que se podía superar a este enemigo? ¿cuánto falta para que se sumen los dothraki caídos a la horda? La llegada de Dany y Drogón con el fuego salvador no es motivo de festejo para las tropas. Todos conocen el plan. El caos ya ganó.

No son las imágenes más espectaculares que nos haya dado Game of Thrones. Los efectos no están a la altura de, por ejemplo, la batalla más allá del muro, y la narrativa visual de Sapochnik tiene poco que hacer, ya que sólo podemos ver una masacre que, por naturaleza, no puede afectar a nuestros protagonistas - sabemos que cada uno tendrá un momento épico de muerte, y después de ocho temporadas nadie quiere terminar con el cuello mordido en un plano que dura 0.8 segundos.

Jon y Rhaegal tratan de atacar a los líderes, en la distancia, pero una tormenta de hielo (¿un nuevo poder del Rey?) los aleja del blanco mientras Daenerys sigue calcinando cadáveres y Arya manda a Sansa a la cripta, daga de vidriagón en mano (aunque en el momento creí que era la de acero valyrio), repitiendo la frase que Jon le dijera al regalarle su espada Aguja: “pinchalos con la punta”.

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De repente la batalla está más equilibrada, pero aún así no alcanza. La tormenta de hielo y ceniza hace imposible ver nada y los muertos saltan como animales salvajes, de la nada. Y así tenemos nuestra primera baja: el buen Edd, que salva a un Sam que pierde todo dejo de valentía y huye desaforado. A mí me gusta tanto como a cualquiera el Sam heroico, pero también tiene que cumplir el rol de ser el personaje que se comportaría como un miembro del público, y yo juro que en esta situación ya hubiese trotado hasta Dorne.

Los tráilers nos habían hecho sentir que solo un puñado de mujeres, niños y ancianos esperarían el final de la batalla recluidos en las criptas, pero parece haber cientos de norteños refugiados. La llegada de Sansa a este recinto no es una buena noticia. No es necesario ni que hable para saber que la batalla no está saliendo bien.

Mientras el capítulo sigue, se aprecia más y más como Sapochnik sabotea su propia estética, y nos da algo que no tiene nada que ver con las cámaras lentas épicas de la Batalla de los Bastardos ni la acción vertiginosa de Hardhome, transmitiendo el desorden y la confusión sin caer en los recursos trillados como los planos subjetivos o la cámara en mano tipo Bourne.

Esta batalla no va a tener estrategias, ni héroes, ni canciones compuestas 100 años después. Es un manoteo desesperado por sobrevivir, y ninguna imagen transmite eso mejor que el choque de los dos dragones, que no hiere a los animales sino que solamente irrita un poco más a Daenerys. Cómo reptiles en cancha de bochas.

Viendo imposible la defensa de la fortaleza, Tormund y Brienne apuestan por la estrategia Samwell Tarly y corren hacia las puertas. Con un río de muertos atrás, claro, que los inmaculados se sacrifican para detener. El plano en picada que mientras más se acerca a la acción más borroso se vuelve es puro impresionismo visual por parte de un Sapochnik desatado, cuyos recursos buscan distanciarnos emocionalmente de la acción. Ya va a haber tiempo para eso.

Es hora de encender las trincheras en llamas, pero Daenerys no puede ver la señal, perdida en la tormenta. Sin palabras (un detalle quizás un poco forzado para mantener los códigos del capítulo), Melisandre acepta invocar al Señor de la Luz por la que claramente será la última vez. La desesperación de la sacerdotisa cuando el hechizo no funciona, una última broma cruel de su amo, es el primer momento en el que Sapochnik se permite los primeros planos. Ese ojo tembloroso, el quebrar de la voz, la explosión final. Ahí está la emoción. Casi un teaser dentro del episodio, porque sabemos que esa tensión va a llegar a los nuestros.

En menos de media hora, la Batalla de Winterfell se ha cobrado al grueso de dothraki e inmaculados - las dos fuerzas más potentes de Daenerys Targaryen, y a pesar de que la velocidad del episodio es magnética, es imposible no pensar que las chances de la Madre de los Dragones de conquistar Poniente han desaparecido casi por completo.

Si Game of Thrones tiene un problema en sus capítulos especiales, es que se ciñen a una estructura rígida que termina volviéndose predecible y artificial. La sorpresa más grande de este episodio es que esa película muda de terror de los primeros 30 minutos se toma un respiro para darnos un poco del duelo verbal sobre el que los personajes están construidos.

Tyrion no soporta no ser parte de la batalla, y está seguro de que tiene algo para aportar a la estrategia (que, siendo sinceros, ha sido ligeramente inefectiva hasta ahora). Sansa lo baja a tierra con una ternura que el personaje había dejado atrás. La cercanía con la muerte les hace dejar las máscaras atrás.

“Es hora de mirar a la verdad a la cara”, dice Sansa, y sin resaltar nada, nos recuerda a una de sus grandes escenas, el momento en que quizás deberíamos haber percibido la grandeza de líder de la más castigada de los Stark. Mientras Tyrion se pavonea de lo que hizo en la batalla de Aguasnegras, no es difícil recordar que en ese mismo momento Sansa estaba atrapada con una Cersei venenosa, y a base de compasión le ganó su primera batalla. Tyrion salvó vidas, sí, y Sansa desinfló una situación que buscaba terminar en sangre.

Hoy para Sansa mirar a la verdad a la cara significa divulgar abiertamente las dudas que Daenerys le provoca (llamarla “la reina dragón” es casi despectivo). Para Missandei esa verdad es que sin ella, todos estarían muertos. Por ahí la verdad tiene más de una cara, y esta conversación es más que un recreo. Nos recuerda que a pesar de lo que todos digan, en la batalla se está jugando una pulseada entre dos poderes, y es imposible separar el combate actual de los que se vienen.

Después de recibir unas disculpas balbuceadas de Theon (Alfie Allen hace magia con esos 30 segundos) Bran envía a su ejército de cuervos a buscar al Rey de la Noche, que no está abajo con los Caminantes Blancos sino sobrevolando Invernalia, causando las tormentas de nieve. Al sumar una tercera dimensión a los desplazamientos Sapochnik parece decirnos algo parecido a lo que Sansa dijo a Tyrion: “no te preocupes por la ubicación, la estrategia, el rol de cada uno - no se puede hacer nada.”

El plan del Rey es hacer que los muertos, a lo Guerra Mundial Z, usen sus propios cuerpos para primero cruzar la trinchera y luego escalar los muros. El Rey desciende ¿se confía? ¿quiere ver su triunfo de cerca? ¿sabe que Jon lo espera montado a otro dragón? Parece un error que el joven Aegon no va a dejar pasar.

La reyerta sobre las murallas logra recuperar un poco de lo épico. Es dura, pero no parece imposible. Cada uno de los personajes tiene una emoción clara. Jaime y Brienne están defendiéndose en una danza tan coordinada como cualquiera de las de Syrio Forel. Jorah pelea como puede, al igual que un Sam que está sobrepasado por la situación. El Perro tiembla en una esquina mientras Beric se defiende bastante bien para haber muerto 84 veces. Arya todavía no deja que el miedo la supere, y usa su lanza desmontable para mantener la distancia de enemigos que no podría quitarse de encima con sólo su fuerza (todos somos Davos mirándola).

Las puertas de Invernalia caen (¡y todavía faltan 40 minutos!). Los gigantes muertos las abren de un solo golpe y Lyanna Mormont muere con una violencia que no esperábamos para el personaje más adorable de la serie. El sacrificio de Ned Umber era un mensaje, pero no de los muertos sino de los guionistas: no cometas el error de encariñarte con nadie. Al menos la dejan irse con gloria, ultimando al más temible de ese ejército.

La cámara, casi con respeto, se vuelve a alejar mientras los muertos invaden Invernalia. Está claro que el fuego de los dragones a cierta distancia es más peligroso para propios que para ajenos, y por lo tanto Jon y Dany se han dedicado a buscar al Rey de la Noche. Sapochnik, acostumbrado a jugar con nuestro corazón, nos da uno de los planos digitales más impresionantes de la serie con la salida de Drogon y Rhaegal de las nubes. Pero el enemigo está jugando con ellos.

La batalla entre dragones tiene toda la espectacularidad que podíamos esperar de la serie, pero es uno de los pocos momentos en los que la paleta monocromática juega en contra, haciendo difícil saber a la distancia cuál es Drogon, cual Rhaegal y cuál el condenado Viserion.

Arya huye dentro de la fortaleza, con una expresión de terror que la hace ver de nuevo como la niña que abandonó Invernalia hace una década. En una secuencia que es puro John Carpenter, se desliza entre los pasillos de su antigua casa, recuperando el aliento mientras intenta pasar desapercibida entre los muertos que la invaden.

Como secuencia en sí, es magistral, pero de alguna forma se siente una canchereada por parte de los guionistas y el director, un momento que se imaginaron, que no pudieron hacer encajar dentro de cualquier otra secuencia, y que genera mil preguntas sobre lo que estamos viendo ¿qué está pasando en el patio principal? ¿por qué los muertos se comportan de repente como walkers de The Walking Dead? ¿qué suma este momento al personaje de Arya? Si la pausa en la cripta enriquecía el capítulo, esta escena, a pesar de su destreza, lo empobrece.

Nada en este capítulo está particularmente mal, pero este fue el primer momento en que me pregunté si realmente se justificaban los 81 minutos de duración. Porque muy a pesar de mí, no puedo evitar admitir que para este punto me estaba… no se si aburriendo, pero sí viendo el reloj.

Creo que hay una dificultad real en la inhumanidad del enemigo que el guión no puede superar. El placer de batallas como Hardhome, el Muro, Aguasnegras y hasta Helm’s Deep o el aeropuerto de Civil War es la pulseada constante entre poderes, algo que no pasa en la Batalla de Winterfell, en la que los héroes son una y otra vez sorprendidos por la resiliencia de los muertos. Aún las pequeñas victorias (la trinchera en llamas, por ejemplo) solo los detienen por un momento.

Rocky no puede perder 14 rounds por paliza y ganar en el 15 por un cross afortunado y knockout. Es una narrativa basada en altibajos, donde los héroes y los villanos siempre están a un paso de la victoria. Y a la vez, es algo que no se puede contar en esta batalla sin cambiar las reglas de juego del enemigo.

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La película de zombis que viven Arya, el Perro y el pobre Beric (RIP) es efectiva dentro de su género pero superficial, ya que no tiene en juego ninguna de las emociones por las que vemos la serie. Hasta el mejor capítulo de The Walking Dead palidece frente al peor de Game of Thrones (bue, estoy exagerando, pero se entiende).

Pero eso cambia luego de la muerte de Beric, cuando Arya por fin reconoce a Melisandre, que sabe que ella será su asesina. Beric, el Perro, Melisandre - la imagen más clara de que Arya ha dejado la muerte de lado está en esta alianza, que la encuentra luchando junto a tres nombres que fueron parte de su lista. El mensaje de Melisandre es claro: ella está destinada a matar hombres de ojos marrones, ojos verdes… ojos azules. Y por un segundo creí que hablaba de ella misma, pero no.

Mientras los zombis rodean a Bran y Theon, el Rey de la Noche deja de jugar y empieza a destruir Invernalia con el rayo láser de hielo de Dead Viserion. La narrativa paralela siempre ha sido un fuerte de la serie, y por eso es frustrante cómo en este capítulo se pierden y olvidan personajes que están peleando por su vida.

Al fin una sale bien. Jon y Rhaegal se trenzan en combate con el Rey de la Noche, y logran desmontar al enemigo gracias a un ataque sorpresivo de Daenerys + Drogon. Rhaegal cae herido (¿de muerte?), Jon salva su vida, Daenerys incinera al Rey de la Noche… que sobrevive al fuego (¿y sonríe?).

Jon, pobre, dulce Jon, corre a enfrentar al enemigo, justo cuando está levantando una vez más a todos los muertos de la Batalla de Invernalia (incluída la pobre Lyanna). Los muertos lo rodean. Dentro de la fortaleza, los sobrevivientes bajan las armas. No tiene sentido seguir peleando. El Rey de la Noche entra a Invernalia, seguido de su entourage de pelilargos.

En las criptas, pasa lo que Jon debería haber adivinado antes de Hardhome. Invocados por la magia del Rey de la Noche, los muertos (descompuestos, horrorosos) salen de sus nichos. Alrededor del arciano, Theon defiende heroicamente a Bran. Daenery salva la vida de Jon con un fogonazo a milímetros (¿Jon sobrevive por Targaryen? ¿pero por qué no hicieron eso con los que rodeaban la trinchera?).

Daenerys tarda en despegar, los zombis se suben a Drogon. Jorah, que de alguna forma vio esto, corrió, esquivó cientos de enemigos, ahora rescata a Daenerys una vez más. Jon no puede dejar de avanzar, ni siquiera para salvar a Sam.

Y quizás es en este momento donde la batalla en sí deja de funcionar para mí. La cantidad de enemigos sube o baja de acuerdo a la necesidad del momento. Las espadas matan a los zombis al más mínimo contacto, mientras que los protagonistas parecen invulnerables, sin importar lo incompetentes que sean. Los muertos son ultrafuertes en un momento, y de repente atacan solo empujando. El típico “momento en el que todo parece perdido” se estira tanto, pero tanto, que la amenaza pierde potencia.

La corrida desesperada de Jon funciona visualmente, pero es casi una montaña rusa sobre rieles, un paseo a lo Disney en el que podemos ver cosas extrañas pasando a nuestra izquierda y derecha. Es un momento salido de un videojuego, de esos en los que tu personaje hace cosas increíbles y vos solo tenés que apretar X o cuadrado en el momento correcto. La secuencia con el dragón es una maravilla técnica que no tiene ningún sentido cuando vimos al bicho demoler torres con su fuego láser hace diez minutos.

Tyrion sale de su escondite para defender a Sansa. Jon enfrenta al dragón como entregando su vida. Brienne, Jaime, Pod, Gusano Gris, pelean hasta el último suspiro (aunque las muertes son menos de las que hasta el más optimista de los prodes predecía). Jorah cae como siempre quiso, defendiendo a su khaleesi. Theon se sacrifica de forma absolutamente innecesaria luego de recibir las gracias de Bran (¿qué te costaba dárselas a Meera Reed?).

Cada una de las imágenes en esta marcha fúnebre tiene el impacto requerido. El compositor Ramin Djawadi está poseído, inspirado, Sapochnik hace lo que sabe, dándonos una imagen memorable tras otra, composiciones que parecen la ilustración de un libro de fantasía. Y a pesar de la belleza, lo único que hace es reforzar el artificio de lo que está pasando.

Y al final Arya salva el día, un momento que quizás hubiese sido más potente de no haber sido telegrafiado con tanta antelación. La frase de Melisandre fue demasiado obvia, la ausencia de Arya en esta última media hora demasiado evidente.

La muerte del Rey de la Noche elimina a todos sus hombres. Y en un segundo, la amenaza está terminada. Melisandre, al amanecer, es la última en caer (¿estaba conectada de alguna forma a este ser?). Por supuesto, hay un ejército diezmado, un Norte desierto, y dos Targaryen que se disputan el poder. Todavía falta mucho, pero de alguna forma, este es el final de Game of Thrones. El resto es epílogo.

Hay dos maneras de analizar este capítulo. Por un lado, como un logro audiovisual, o mejor dicho estilístico, no tiene punto de comparación con nada que se haya visto en la televisión (y muy poco en el cine). Es algo que puede parecer relativamente poco, pero “La Batalla de Winterfell” es más que un espectáculo o un festival de efectos especiales - es un conjunto de artistas y artesanos trabajando a un nivel que no creo que nunca vayamos a ver.

El trabajo del equipo de efectos digitales ha recibido críticas a lo largo de siete temporadas, pero lo que hacen en esta hora y pico es para pararse y aplaudir. Nunca esperé ver batallas de dragones en los cielos tan impactantes como estas. Los monstruos son tangibles, sólidos, y la imagen de Drogon elevándose, invadido por los muertos, algo que nunca me voy a borrar de la mente.

Creí que Ramin Djawadi había compuesto la pieza perfecta (Cersei volando el septo de Baelor), pero pienso en la secuencia final y todavía se me pone la piel de gallina. Lo mismo se puede decir de la dirección de arte, la puesta en escena, y en especial el equipo de efectos prácticos, que hace que los muertos sean terroríficos y a la vez parezcan casi caricaturas de la vida.

Miguel Sapochnik es un lujo para la televisión. Cualquiera de las imágenes está a la altura de estilistas visuales como Peter Jackson o Denis Villeneuve. Nunca cae en lo obvio, lo épico siempre tiene algo de humano, algo sucio. Le huye a las composiciones simples y a los ángulos trillados. Narra TODO bien: los movimientos de tropas, el ballet de espadas, y esa secuencia de Arya huyendo de los muertos que es lo mejor del capítulo… y a la vez podría haber sido parte de cualquier serie de fantasía.

Si el capítulo anterior era una exploración de las motivaciones, miedos y deseos de cada personaje, este utiliza esa información, esa empatía, para construir algo que de alguna manera los trasciende. Por 81 minutos, nuestro elenco está a merced de la arbitrariedad absoluta de un guión que decidirá quién vive, quién muere, y cuál es el rol de cada uno.

Nada de lo que hace la enorme mayoría de los personajes tiene sentido. Es una batalla absolutamente inútil que se podría haber reducido a poner una trampa al Rey de la Noche, ya que él nunca hubiese dejado que sus esbirros maten a Bran. Que Melisandre sea el engranaje de guión que hace funcionar todo hace pensar… ¿para qué? ¿para qué tenemos los héroes? ¿para qué los estrategas, los soldados, los dragones?

Narrativamente, esta batalla no se merecía más de 30 minutos. Podrían haberlos sumado al perfecto capítulo 2 y tener una linda peliculita completa. La forma en que se estiran los tiempos trasciende lo indulgente y cae en la autoparodia, en especial en ese montaje final en el que los héroes podrían haber peleado de espaldas y seguirían vivos. Que solo queden en pie personajes protagónicos en la última escena es una señal de que el peligro fue forzado, irreal. Todo lo contrario a lo que se nos prometió con las muertes de Ned, Robb y Cat. Aquí los actos no tienen consecuencias y las únicas muertes son redentoras.

“La Batalla de Winterfell” sacrifica cada uno de los logros narrativos de Game of Thrones en pos de lo visual. Rompe sus propias reglas, hace combatir a los personajes porque sí, termina con un acto arbitrario motivado por un secundario que ni siquiera era parte de la historia, y no avanza de forma significativa ninguno de los conflictos humanos.

O sea, “no pasa nada” (como muchos criticaban en el episodio anterior), ¿pero se puede negar lo que logró este equipo? ¿Se puede rechazar algo que es de por sí bellísimo, conmovedor, único, porque no encaja dentro de la estructura de lo que uno espera de una serie de televisión?

Como espectáculo, considero que este episodio es más que un compendio de planos lindos y efectos logrados. Hay una audacia en la visión que está más allá de lo meramente artesanal. Como narrativa, es un desastre. Podrían cambiar los actores y ponerle “Gladiador 2” o “Transformers 6” y funcionaría igual de bien. Pongámosle un promedio entre esos dos puntajes que tengo en mente, entonces.

Publicada en Malditos Nerds
Parte 3 de 6 de «Análisis | Game of Thrones S08E01: “Winterfell” (SPOILERS)». Nota original: Esta nota incluye varias notas. Están divididas por H3 con el título de las notas. Son todas REVIEWS para MALDITOS NERDS. Falta el PUNTAJE, que es el único dato bloqueante de una review. Completalo a mano. El subtítulo del puntaje, los pros, los contras y la plataforma son opcionales: la web los muestra si están y los omite si no.

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