Una situación rara en Twitter
Lo cuento ahora porque pasaron unos días y creo que ya se le pasó, pero antes de que se termine el año tengo ganas de hablar de la situación más extraña que viví en 10 años de…
Lo cuento ahora porque pasaron unos días y creo que ya se le pasó, pero antes de que se termine el año tengo ganas de hablar de la situación más extraña que viví en 10 años de Twitter, y una de las más bizarras en 20 años escribiendo sobre cultura pop.
Un día apareció en mi Timeline un tweet de un influencer, uno de esos chicos con miles de seguidores que hablan de cine, series, lo que venga en medios masivos. De los que venden la imagen del chabón copado. El que haría del amigo del protagonista en una serie de Pol-ka.
Pero este tweet no era muy copado. No voy a entrar en detalles de lo que decía, pero digamos que me chocó en lo que representaba. Un tipo exitoso, querido, respetado, que estaba usando su posición de poder para hacer algo (para mí) éticamente dudoso.
Como no me interesaba mucho interactuar con esta persona, lo capturé y lo mandé con algún comentario de color. Una hora después había tenido tipo 20 likes, y este influencer lo encontró y me respondió que yo no había entendido, que en realidad su tweet era copado.
Le respondí que no lo conocía, pero que no me había gustado. Tres minutos después lo tenía en mis DM, explicando por qué el tweet era copado, y que él hacía todo de buena onda. Le respondí que no me parecía, y me respondió mandando “un saludo” a alguien que cree que es mi jefe.
Por supuesto, puede ser un error de interpretación mía, pero cuando un copado te pide que de buena onda lo entiendas, y dos minutos después está nombrando a tu jefe, suena medio (medio) a amenaza. Le dije que no estaba de acuerdo, me llamó “bebito” (!?) y cortó la conversación.
Después de cortarla, me volvió a escribir de forma abierta, pero creo que para este punto ya se había dado cuenta de que no le creía. Me insultó un par de veces más, me llamó “oscuro”, me repitió que todo era de buena onda, y cortó de nuevo la conversación pública ¿The End?
Nah, claro que no. Media hora después estaba en el subte y me sonó el teléfono. Número desconocido. Contesto, y era esta persona, que quería una vez más explicarme la intención detrás de este Tweet, y aclarando que estaba muy relajado y que tenía la mejor.
Por supuesto, lo primero que le pregunté fue cómo había conseguido mi número de teléfono, cosa que no me quiso decir, habló de un grupo de productores (yo escribo, no trabajo con ningún productor), pero como tenemos un solo conocido mútuo no fue muy difícil saber quién era.
Fue una conversación de unos 5 minutos, tensa, por supuesto, en la que me explicó que este es un ambiente chico, y que nos podemos cruzar en un evento, o que nos puede llegar a tocar trabajar juntos. Cuando le pregunté qué quería decir con eso, se indignó. No llegamos a nada.
Desde ahí no tuve más noticias, al menos directas. No me interesa reavivar un problema. Si tienen una teoría de quién es, no lo invoquen. No quiero que aparezca en la puerta de mi casa o me mande una foto con zoom de mi hermana entrando a la facultad.
El punto de este hilo no es cancelar a nadie (se cancelan solos), pero sí me interesa visibilizar una tendencia que me parece preocupante, de periodistas especializados que tiene un ego muy frágil, una dependencia absorbente por su imagen, y una idea muy extraña de los límites.
Porque lo que más me incomodó de toda esta interacción fue el mantra. El chabón copado. La buena onda. Palabras repetidas como “relajado”, “tranqui”. Me deseo buen finde como tres veces. Agresividad en la acción, pasividad en el lenguaje. Una cucharadita de Rial y una de Bucay.
No conozco el trabajo de este influencer. Puede ser excelente en lo que hace, pero eso hace todavía más confusa su inseguridad. La dependencia absoluta de proyectar la imagen de un chico copado y la necesidad furiosa de borrar todo lo que conspire contra esa idea. Terrorífico.
Ignacio Esains — Twitter, 25 de diciembre de 2019
Editorial
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