Por qué no existe la cultura de la cancelación
Woody Allen inaugura festivales de cine. Louis CK está de gira hace un año llenando teatros. Donald fucking Trump es presidente de Estados Unidos. Y aún así hay se rasgan las…
Woody Allen inaugura festivales de cine. Louis CK está de gira hace un año llenando teatros. Donald fucking Trump es presidente de Estados Unidos. Y aún así hay se rasgan las vestiduras sobre los peligros de la “cancelación”.
Pero no hay “cultura de cancelación”. No existe.
Los que intentan pintar hashtags como un peligro material venden el cuco de un grupo monolítico, unicultural, un tsunami inevitable que destruye carreras a su paso.
Ven una intro de 3 minutos a una película abiertamente racista como una afrenta a la libertad de expresión.
Hoy se publicó un artículo delirante en el New York Times que habla de los “cancelados”, y pone a Allen en el mismo nivel que Scarlett Johansson, que dijo dos boludeces en 2018. En 2019 fue nominada al Oscar. Es la superheroina de Marvel 2020. Es un término flexible, parece.
Nadie sufrió consecuencias directas de esa “cancelación”. Los trabajos (no carreras) que se cayeron, se perdieron a través de los mismos sistemas que desde el principio de los tiempos se han manejado por imagen.
Ningún medio va a poner en pantalla alguien que cae mal.
Esa versión de la “cancelación” siempre existió. La diferencia es que antes nacía de los mismos medios que hoy publican editoriales consternados. De los mismos indignados que hoy hablan de caza de brujas e invocan a Stalin, a Miguel Paulino Tato, al (diosss) “nuevo macartismo”.
Pero la prensa de farándula cancela desde que nació. Desde Louella Parsons hasta Jorge Rial. Winona Ryder no filmó durante más de una década. Sinead O’Connor se quedó sin carrera. Artistas convertidos en burla pública, sin tener ni redes sociales donde contar su versión.
El que se queja de la cancelación se beneficia de esa desigualdad de poder. Los que están acostumbrados a aseverar sin que les discutan. Los que están rodeados de chupamedias físicos o digitales. La sola idea de la responsabilidad de una figura pública les resulta ofensiva.
La realidad es que estas “cancelaciones” siempre son relativas. Esos hashtags tan temidos buscan crear conciencia, un consumo un poco más responsable. Idealmente, alejarse de un culto a la personalidad nocivo, que se convierte en una narrativa cómoda para los mismos creativos.
El miedo de estos referentes culturales contra su “cancelación” es a perder el control de esa narrativa. Si la historia del autor es parte del marketing de una obra, esa construcción es una obra más del autor. Esa narrativa es la que se “cancela”, ni siquiera el autor.

Porque esa es la cultura del mundo del entretenimiento. Películas, series, cómics, juegos, nos entrenan para vernos como el “underdog”, el Rocky, el que tiene las de perder y triunfa superando las adversidades. Y los que venden esa fantasía también la compran.
Las fantasías de Hollywood (el underdog, el visionario, el superhéroe) alteran la imagen propia. Elon Musk, anti cuarentena, amigo ocasional de los Epstein del mundo, no va a perder nada tangible si lo cancelan. Pero en su narrativa personal es “víctima” de tweets en su contra.
El mundo de los medios perpetúa la ilusión de la meritocracia. La “cancelación” es un cachetazo porque les quita un poquito de poder, un miligramo de magia. Los enfrenta a un reflejo que no quieren ver. Les da terror que les quiten algo que, en la fantasía, los define.
La reacción es infantil y el debate se patea. “Separar al autor de la obra”, aunque nadie cancela a Harry Potter ni a Annie Hall. “Libertad de expresión” que no te exime de que te respondan. “Los estándares cambiaron” pero jamás admiten haber perpetuado un statu quo injusto.
Esa carta de Rowling & Friends es especialmente dolorosa porque está escrita desde la perspectiva de la víctima, del desposeído.
Millonarios simulando que están en igualdad de condiciones que las comunidades que pelean por su vida y que atacan de forma inexplicable.
De locos.
Ignacio Esains — Twitter, 9 de julio de 2020
Editorial
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