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El fichin de mi vida: Suikoden 3

Aprovechando que estamos en medio de la cuenta regresiva para encontrar el videojuego favorito de los argentinos, los Malditos Nerds vamos a hablar de los que más nos pegaron y…

Ignacio Esains
Malditos Nerds  ·  Editorial  |  13 de noviembre de 2013

Aprovechando que estamos en medio de la cuenta regresiva para encontrar el videojuego favorito de los argentinos, los Malditos Nerds vamos a hablar de los que más nos pegaron y por qué.

Me acuerdo de mis primeros juegos más que de cualquier otra cosa de mi infancia. Crazybugs y Horace Goes Skiing en la Timex Sinclair 2068, a los 5 años, Deathchase 3D en una noche de lluvia en la playa a los 6, Airborne Ranger a los 9 en mi primera PC. Desde entonces, siento como si nunca hubiera dejado de jugar videojuegos, pero la verdad es un poquito más complicada.

Todos tenemos baches en nuestra historia fichinera personal, y el mío empezó en 2001, un año horrible para cualquier argentino, o cualquier humano – la sospecha de que no éramos parte del espiral del consumo que había alimentado mi colección gamer de los noventa se confirmó de inmediato en esos días de septiembre, para confirmarse en diciembre y en el árido 2002. La crisis coincidió (por suerte) con una racha de trabajo estable que encaré con la ambición típica de un veinteañero, dejando de lado amigos, pareja, y viendo a mi PC envejecer y finalmente fallecer en una de las misiones finales de Grand Theft Auto: Vice City. Compré una “práctica” laptop que no podía correr ni el buscaminas y asustado por el inflado precio de PlayStation 2, le dije adios al gaming por un rato.

Tres años después mi trabajo me había llevado a otro país, a una ciudad tropical donde salir a la calle era un suicidio en julio o en enero, y mi falta de amor por la salsa y el merengue me daba mucho tiempo libre durante las tardes y fines de semana. Una billetera dolarizada me permitió acceder a una PS2 nuevita con una pila de juegos (mis primeros “originales” de consola) que casi no toqué durante meses, prefiriendo las repeticiones de Seinfeld en el cable a tratar de superar otro tutorial, otro jefe infinito ¿había perdido el toque? Esto no se sentía como la madurez con la que me amenazaban mis viejos, con dejar atrás las preocupaciones infantiles. Se sentía como perder algo, una piedra fundamental de lo que yo era.

Las cosas no iban bien en el trabajo, mi motivación era nula y las fechas de entrega se estiraban en el tiempo. Un lunes, preparándome para una reunión donde debía presentar un proyecto que no estaba ni empezado, me desperté con la necesidad urgente de escaparme - a Buenos Aires no podía volver, la ciudad donde estaba era un infierno, pero mi PS2 casi nuevita estaba lista para recibirme. Recorrí las cajas sin buscar nada en especial, y me encontró Suikoden 3, un juego de rol japonés que ya tenía sus añitos, pero que había elegido por las buenas experiencias que su primera entrega me había dado en PlayStation 1.

Suikoden 3 no fue el primer RPG de esa generación que probé… había jugado de reojo Final Fantasy X años antes, y técnicamente el título de Konami no tiene nada que hacer ante el monstruo de Square, pero lo de Suikoden siempre fue la calidez, y la estructura narrativa del tercero estaba dividida en capítulos, cada uno protagonizado por un personaje distinto, esperando el inevitable choque entre sus facciones. Combates, minijuegos, secuencias simples de estrategia… Suikoden III existía en la cresta de la ola japonesa, ese lapso entre 1997 y 2003 en que la industria del JPRG competía en busca del mejor sistema de combate, la historia más épica, los niveles más extensos, con la imaginación al poder, con la innovación como bandera.

Pasé cuatro o cinco horas escapándome de mi trabajo (celular bajo la almohada, volúmen de la tele al mango) en el mundo de Suikoden, y ese DualShock 2 que tanto rechazo me causaba tardó minutos en convertirse en segunda piel. El escapismo que buscaba se logró con creces, y las pocas neuronas que el RPG me dejaban libre ya estaban volviendo a mi ciudad, donde me dedicaría a jugar todo lo que me perdí mientras moría lentamente de inanición. Hasta que un segundo click, mucho más profundo que el primero, cambió mi perspectiva de inmediato. No me acuerdo qué fue exactamente lo que lo provocó (un jefe de final de nivel especialmente bien diseñado, alguna línea ingeniosa de diálogo), pero Suikoden III pasó de ser la piedra debajo de la que me escondía a ser una experiencia completa. Empecé a admirar y entender cada una de sus partes como no había hecho antes con otro juego. A maravillarme por el diseño de su mundo y la consistencia de su mitología. A disfrutar más allá de la diversión y de la excusa para pasar el tiempo.

Y entonces hice todo lo que cualquier adulto maduro hubiera hecho: llamé a mi trabajo con la nariz tapada, inventé un virus de esos que solo le dan a los argentinos mentirosos y prometí volver al otro día con el trabajo terminado. Y volví, pero sin el trabajo. Le dediqué el resto de mi día a una maratón de Suikoden III, redescubriendo el gaming, no desde la nostalgia o del escapismo, sino de una verdadera curiosidad: un juego es a la vez una máquina compleja y un bastidor donde artistas de distintas especialidades se expresan con una democracia que otros medios, dominados por directores o productores, no manejan. Si algo que vaya a experimentar en mi vida se puede parecer a la madurez, ese momento fue el más cercano.

Ocho años después tengo el placer de vivir de esto, escribiendo sobre esos (para robar un término) “motores emocionales” de los que todavía tengo muchísimo para aprender.

Ignacio Esains — Malditos Nerds, 13 de noviembre de 2013

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