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El trazo de la memoria: Takahata, Miyazaki y el legado de Studio Ghibli

Primero fue “Heidi”, claro, y esos Alpes pastel que se fundían con las nubes: más que montañas, sueños de montañas. Ese proto-Ghibli de 1974 se vió en nuestras teles desde el ‘78…

Ignacio Esains
La Cosa Cine  ·  Editorial  |  15 de julio de 2025

Primero fue “Heidi”, claro, y esos Alpes pastel que se fundían con las nubes: más que montañas, sueños de montañas. Ese proto-Ghibli de 1974 se vió en nuestras teles desde el ‘78 y siguió al aire durante más de una década, regalando un contrapunto necesario al realismo Robin Hood que los niños argentinos del siglo XX no podemos evitar relacionar con la literatura juvenil. La maestría de su director, Isao Takahata, residía en el control artesanal de los tiempos ralentizados para permitirnos respirar los detalles de la vida cotidiana de la protagonista, el abuelito, las mil cabritas y esos paisajes deslumbrantes que serían una constante en la obra de este equipo.

Takahata, Hayao Miyazaki y su equipo no ostentaban su artesanía por casualidad: una década antes de fundar el estudio, ya estaban planeando el escape de una industria explotadora, y nos invitaban a ser parte de la conspiración. En la Aurora Grundig de paleta apagada del living de mi casa en Bahía Blanca, el mensaje que llegaba de Tokio era clarísimo: “el mundo es enorme. El mundo es tuyo”.

Todos vieron Heidi, pero pocos vimos en el primer Cablín “Conan, el Niño del Futuro”, la última serie televisiva de los futuros Ghiblis y el momento en que Miyazaki reveló su grandeza. La serie es una adaptación libre de una novela ignota, pero para el Miya es una exploración de la aventura, una excusa para meter todo, pero todo todo, en una sola serie: aviones, barcos, peleas a puñetazos, misteriosos robots steampunk, Verne, Wells y Stevenson. Si en Heidi (intencionalmente) no pasaba nada, Conan trataba cada capítulo como si fuera el último: la rebelión de Miyazaki contra una industria decidida a hacer siempre lo mismo.

Pre-Internet, pre-fiebre del anime noventera, el Ghibli de verdad tardó en llegar a Argentina. El rumor estaba en el aire. Recuerdo haber leído sobre “el Disney japonés” en un editorial de las primeras ediciones españolas de manga de finales de los ‘80, y grabarme los nombres de las películas, jurando remover cielo y tierra para buscarlas. Pero aún así, no sé cuál fue la primera, nomás me acuerdo que fue un día entre 1993 y 1994. Por ahí fue la sorpresa de “Mi Vecino Totoro” en las mañanas de HBO Olé. Por ahí la edición de Manga Films de “Porco Rosso”, doblada con brío español en una copia de una copia de VHS comprada en BL (el pre-Camelot). Pero estoy casi seguro que fue “Guerreros del Viento”, la versión mutilada de Nausicaa que ví por primera y única vez junto a seis o siete otros raritos (todavía no sabíamos la palabra “otaku”) en el Club de Cine de Octavio Fabiano, en el sótano de la Galería del Óptico.

Y de ahí, claro, la obsesión. Llegó el DVD, se abrió la posibilidad de hacer pedidos por Internet y pronto había visto a “Kiki” doblada por Kirsten Dunst, la entonces recién estrenada “Princesa Mononoke” en un VCD chino con subtítulos en mandarín, y la inevitable “Tumba de las Luciérnagas”, que vimos con un grupo de amigos en la salita improvisada del videoclub en donde trabajaba, después de cerrar el local.

Cada uno procesa a su manera la experiencia de ver la película más triste de todos los tiempos, y durante un tiempo yo la sentí como una traición. Me costó aceptar que esa misma técnica artesanal (que era pura vida, capaz de resaltar y aislar movimientos imposibles de percibir a primera vista) podría ser usada para hacer tangible para un niño, un adolescente, el verdadero peso de la muerte. Me parecía obsceno. Quería rechazarlo, aun sabiendo que no había verdad más grande.

Para cuando Ghibli salió del submundo de culto con “El Viaje de Chihiro”, ya había pasado la fiebre otaku post-Magic Kids, y ya no era necesario explicar a nadie la gramática del anime. Pero aunque (como buen snob) no es mi favorita de Miyazaki, fue recién con esta que entendí lo que era ver en serio una película de Ghibli: en una sala llena, rodeado de chicos hipnotizados por la pantalla, sorprendidos por la violencia casual del mundo, perdidos en una estructura onírica que, como siempre, resulta más confusa a los adultos que al público que el director realmente quiere hablar.

Para 2001, entonces, Ghibli era de todos y para todos. Nos pudimos dar el lujo de ver casi todas las pelis del estudio en salas de cine o, al menos, en streaming y en idioma original. Casi dimos por sentado el derecho de ver, una tras otra, las supuestas “últimas películas” del maestro, hasta que la muerte de Takahata en 2018 nos hizo dar cuenta que, sí, va a haber una última. Quizás “El niño y la garza”, la obra maestra del viejo Miya, fue ese testamento cinematográfico.

Un testamento consciente. Porque la vida y la muerte están siempre presentes en Ghibli como una antítesis de esta nube pop en la que sagas de cómics, cine y series sobreviven cual zombis tristones a la muerte de sus autores, mientras que los personajes de nuestra infancia reencarnan en grotescas recreaciones digitales (“un insulto a la vida misma”, diría el meme del director).

Quiero creer que mi comprensión del tiempo está atada a los trazos de Miyazaki y Takahata. Porque antes de saber hablar, Ghibli me había dado con esos Alpes un código para registrar la memoria. Si trato de evocar mi vida, me veo desde afuera, con los trazos simples y vibrantes de los maestros. Subiendo escalones angostos para sacarme la selfie con el soldado robot de la terraza del museo Ghibli de Mitaka. Tomando un trago de una petaca de Bolskaya, contrabandeada en la Ran Party, con el video de “On Your Mark” de fondo. Saliendo del pozo pandémico de la mano de Taeko en “Recuerdos del Ayer”, película que recién entendí décadas después de verla por primera vez.

Ghibli es el lenguaje de la memoria, taquigrafía animada que afortunados como vos y yo compartimos. Es el contorno dibujado de la magdalena proustiana. Es el registro del movimiento como testigo del tiempo. Y es luz, hasta que ya no hay luz.

Ignacio Esains — La Cosa Cine, 15 de julio de 2025

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