
Hypnospace Outlaw
Este homenaje a los inicios de la world wide web esconde un robusto juego de investigación y una creatividad prodigiosa, casi infinita.
Este homenaje a los inicios de la world wide web esconde un robusto juego de investigación y una creatividad prodigiosa, casi infinita.
Geocities. Altavista. Webrings. BonziBuddy. La world wide web de los ‘90 era un sueño hippie, un ciberespacio utópico que tenía bases más literarias que sociológicas. Más poéticas que prácticas.
Abrir una revista Wired de mediados de esa década parece un viaje a un mundo de ciencia ficción en el que todos los futuros juntos son posibles. Cada página propone una visión completamente distinta de las funciones de la web, ninguna de ellas viable en un presente centrado en la dictadura de la experiencia de usuario. Cada planteo viene con un estándar de diseño distinto y la mitad están atados a hardware propietario, carísimo. Universos paralelos que terminaron antes de empezar.
Veinte años después, esa edad de piedra de la web resulta inspiradora. Más allá de la nostalgia y el rescate emotivo, es posible percibir en esas visiones una preocupación real por el espacio consumista y tóxico en el que la web podría convertirse. O mejor dicho, en el que se convirtió.
A la vez, no es difícil entender por qué esos castillos de papel contraculturales fueron fagocitados por un colapso económico en 2000 al que solo sobrevivieron las empresas mejor preparadas para el futuro - y por lo tanto, las más aburridas.
Hypnospace Outlaw, el nuevo juego del creador del inclasificable Dropsy, Jay Tholen, está ambientado en una línea de tiempo paralela en la que una de esas ideas delirantes funcionó mejor de lo esperado y la primera web evolucionó en lo que se llama “Sleeptime Computing”: periféricos que se conectan a nuestra mente mientras dormimos y nos permiten acceder a la web en sueños.
Es un concepto original que se presta a lo abstracto y lo psicodélico, y los primeros tutoriales tienen un aire a David Lynch que sugieren que la simulación pronto se quebrará y el inconsciente tomará el control. No es un spoiler decir que eso no pasa, y que la premisa onírica de Internet se abandona casi de inmediato - a mi entender, una buena decisión. El juego funciona mejor como una fantasía retro que como una exploración del mundo de los sueños.
El juego empieza el 5 de noviembre de 1999, el primer día del jugador como moderador de Hypnospace, una especie de enorme portal que aloja sitios web personales, blogs semi-profesionales, canales de chat y páginas comerciales. Las funciones de un mod son las mismas desde la creación del primer foro de Internet: revisar páginas y logs en busca de infracciones a las reglas de la red y reportarlas a una autoridad superior.
Todo Hypnospace Outlaw toma lugar en el escritorio de una PC que parece excesivamente primitivo para la época, una melange de épocas que resulta apropiada. Al fin y al cabo, los recuerdos no son un registro fidedigno de lo que pasó en un lapso de tiempo, sino una reconstrucción subjetiva, siempre cambiante. Hace que cobre más sentido la exploración del inconsciente de Tholen. El año es 1999, la web parece de 1997, pero el sistema operativo recuerda más al lento y torpe Windows 3.1 que a las versiones ligeramente más elegantes que siguieron a Windows 95.

El jugador, en su rol de “enforcer” puede instalar aplicaciones y jugar con el escritorio, pero principalmente usará una versión modificada del navegador tipo Netscape de Hypnospace para explorar sitios web simples y buscar lo típico: contenido pirata, ciberacoso, virus, imágenes no apropiadas.
Los sitios del Hypnospace están divididos en zonas, similares a los “barrios” de Geocities, el portal emblemático de los ‘90s. Cada zona está dividida por intereses pero engloba todo tipo de contenido. Teentopia, por ejemplo, es un lugar en el que los adolescentes pueden expresarse a su gusto y visitar los sitios de sus obsesiones del momento, como unos pokemones/neopets tan horrorosos como perfectos. Goodtime Valley es para mayores de 40 que se sienten abrumados por tanta tecnología. Open Eyed es una colección de conspiranoicos, no muy distinta al YouTube de hoy.
Tholen, junto al coguionista Xalavier Nelson, ha puesto un nivel de trabajo imposible de calcular en cada una de estas páginas, que aprovechan la estética noventera pero a la vez tienen sus guiños hacia el presente. Un barrio en particular, por ejemplo, ha sido hackeado por sus propios usuarios (viejos hippies roleros) como un acto de rebeldía contra la corporación que domina Hypnospace y limita cada vez más su libertad de compartir lo que quieren. Mi favorito es Coolpunk, que está dedicado a un ficticio estilo musical de moda que hace parecer al Nü Metal la expresión más excelsa de la cultura occidental.
Al principio hay pocas zonas y una veintena de sitios para explorar, pero muy pronto el abanico se expande y las páginas a nuestra disposición superan el centenar (cada una con sus personajes, diseño, contenido - el trabajo de Tholen y Nelson es titánico). Por suerte el juego da una guía a través de una serie de misiones iniciales concentradas en infracciones específicas, que a la vez hacen correr el reloj del juego, pasando el tiempo y trayendo pequeñas modificaciones a los sitios.
Al explorar cada zona se descubren pequeñas historias y conexiones entre los distintos personajes que vamos conociendo a través de sus interacciones en foros y chats. Las páginas de Teentopia están cargadas de drama adolescente, desde amores no correspondidos hasta páginas claramente creadas por nerds solitarios para simular que tienen una novia que les escribe. La comunidad Coolpunk tiene sus peleas internas que giran alrededor de un festival tipo Woodstock ‘99, con suficientes giros inesperados como para haber podido ser su propio juego. El amable experto en tecnología que asesora a los viejitos de Goodtime podría estar jugando una broma cruel - o algo más siniestro.
Pasé horas perdido en estas páginas, atrapado por estos personajes y sus mundos pequeños, delicados, curados con la importancia de vida o muerte que cada uno de nosotros le da a su perfil de redes sociales. Como enforcer, el jugador no puede comunicarse directamente con ellos, así que la relación siempre es indirecta, un poco como el espía de la película “La Vida de los Otros”. Y como había mostrado en Dropsy, Tholen siente una enorme compasión por sus personajes. Aunque los crudos GIF animados y los colores chillones de las páginas sean graciosos, el autor nunca se toma en broma sus creaciones.
De a poco la historia va avanzando, el tiempo pasa y el cambio de dirección comercial de Hypnospace se vuelve más claro. La misma corporación que da un lugar a sus clientes para expresarse está tratando de monetizar esas conexiones, y por lo tanto no tiene reparos a la hora de demoler lo que no signifique un rédito inmediato. Una de las páginas guarda los poemas de amor de Pete, que sólo tiene una cuenta de prueba, y con el pasar de los días su página se cierra y se borra, con la crueldad de una topadora pasando por encima a una hormiga.
Las mismas herramientas que el jugador usa como “policía de Internet” tienen limitaciones que parecen crueles. La primera misión nos obliga a borrar todas las imágenes que reproduzcan a un viejo personaje de tiras cómicas, incluyendo dibujos de niños de escuela primaria. Una chica que está siendo acosada sube fotos de los chats y el sistema solo nos deja denunciar el contenido de las imágenes, y por lo tanto marcar la página de la víctima como si fuera una posible infractora.
El juego de Tholen es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es un comentario constante sobre la forma en la que la web nos da la herramienta de expresión más poderosa y accesible de todos los tiempos, y a la vez nos deja completamente vulnerables a los que la quieran usar en nuestra contra. Ni siquiera dentro del microcosmos de Hypnospace hay soluciones fáciles.

Con el paso de los días la cantidad de sitios se acumula y es difícil mantener un control sobre todo sin tener un cuadernito a mano. O una ventana de Word, pero saltar del 640x480 de Hypnospace al HD de tu escritorio podría derretir tu mente como casi lo hace con la mía. El juego tiene un sistema de etiquetas para organizar los sitios, pero realmente necesita una forma más flexible de organizar la información. Tendría sentido que los moderadores tuvieran una herramienta de rastreo más poderosa, o al menos señaladores y la capacidad de cortar y pegar texto.
Cuando sentía que ya no podía llevar el hilo de todo lo que está pasando, el juego da un giro sorprendente, que abre una segunda mitad mecánicamente más interesante y flexible, pero en la que el jugador debe usar todo lo que aprendió en la primera. Sí, aún las horas que me tomé para stalkear el romance entre el papá divorciado new age Gus y la tímida psíquica Sherri.
Los juegos que inspiraron a Hypnospace Outlaw están bastante claros. Hay un poco de Her Story en la forma en la que nos relacionamos con la interfaz, y los puzzles tienen mucho en común con Digital: A Love Story, mientras que la forma en la que crea una conexión humana a través de juegos y la colaboración creativa de los personajes es similar a la de Cibele, de Nina Freeman. La diferencia es que estos tres juegos cuentan historias cortas y acotadas, mientras que en Hypnospace no solo hay docenas de personajes, sino que se cruzan de formas inesperadas, que recién salen a la luz después de horas de investigación.
Por eso, una vez más, resulta para mejor que Tholen mantenga en la periferia el concepto de las “redes sociales que se acceden en sueños”, y que el contenido del juego sea lo más concreto y consistente. Dentro de lo posible.
Lo que más impacta a la hora de leer estas páginas es lo bien que Tholen y Nelson capturan nuestro entendimiento, en ese entonces limitado, de lo que significaba exponer nuestra vida en una página personal. Hoy hasta el influencer que vive 24 horas en Instagram se guarda un poco de su vida privada, o se escuda detrás de un personaje, sabiendo lo que puede pasar. Los ciudadanos de Hypnospace no tienen ese lujo, su fragilidad está a la vista y la angustia que provoca cada conexión rota es tangible.
No me imagino lo agotador que debe haber sido para el equipo del juego canalizar a cada uno de estos cientoyalgo personajes, escribir como ellos, y diseñar para cada uno un sitio completamente distinto, desde los errores de ortografía hasta la sobrecarga de tipos de letra y efectos que son papel de lija en los ojos (en el buen sentido.)
La corporación Merchant, que controla Hypnospace, encuentra (como Google, como Facebook, como todas) una forma de fallarle a cada uno de sus usuarios, y las comunidades se conectan por esa misma frustración, la sensación horrible de que en Internet siempre sos un okupa, y no importa lo hermoso que sea lo que construiste: nunca es tuyo, y nadie te va a avisar antes de quitártelo.
Hypnospace trastabilla a la hora de poner una macrohistoria sobre todos estos personajes, quizás con la idea de que una línea narrativa con villanos, protagonistas, y un objetivo claro es importante para llevarnos al final del juego. Está claro que este elenco infinito necesita algo de orden, pero aún así los giros que nos llevan al final se sienten arbitrarios y forzados, como si vinieran de otro tipo de narrativa, y no del minimalismo entrelazado en el que Tholen y Nelson se sienten más cómodos.
Seguramente en algún universo paralelo haya un Hypnospace Outlaw perfecto, que tiene una app similar al cuaderno de Obra Dinn que te permita ordenar todo lo que vas descubriendo, que cierra su historia de una forma más natural y de paso incorpora mejores herramientas de búsqueda en su navegador interno - pero no está mal que un juego que celebra un punto de la historia torpe, poco práctico y excesivamente emocional comparta esas mismas cualidades. El juego vibra con una belleza única, una elegía a los internautas de ayer y hoy. Es imperfecto, pero es imprescindible.
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