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Cine coreano: del kinodrama al Oscar

Gracias a Parasite, el cine coreano se puso de moda. Acá va una pequeña introducción a su historia, sus características, sus directores más importantes y las dificultades que tuvo…

Ignacio Esains
La Cosa Cine  ·  Feature  |  22 de febrero de 2020

Gracias a Parasite, el cine coreano se puso de moda. Acá va una pequeña introducción a su historia, sus características, sus directores más importantes y las dificultades que tuvo que esquivar una industria que se resiste a morir.

Uno de los grandes logros de la maquinaria hollywoodense fue la de encasillar la producción cinematográfica del resto del mundo en cómodos estereotipos. El cine inglés es de época. El cine francés es de charlar (linda fotografía, eso sí). Y el cine asiático es “extremo”: acción y terror, samuráis y gore, tigres y dragones.

Pero el reciente triunfo de Parasite en los premios Oscar obliga a la industria audiovisual más poderosa del mundo a admitir que el cine que se hace en otros países es simplemente… cine. Porque la única cualidad que comparten las películas producidas en Corea del Sur es su eclecticismo.

Un siglo en cuatro actos

En 1919, cuando Corea aún no estaba dividida en dos, se estrenó La Venganza Justa (Uirijeok Guto), reconocida como la primera película coreana a pesar de ser, técnicamente, un “kinodrama”: una obra de teatro que alternaba escenas filmadas, interpretación en vivo, y hasta canciones cantadas fuera de campo. El formato, que nació en este país, se convirtió en un fenómeno popular y durante las próximas dos décadas Corea produciría una enorme variedad de películas mudas y sonoras, hoy perdidas luego de que el país fuese arrasado entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea (1950-1953).

Poco después del final de la guerra y de la división definitiva de Corea en dos países, el diario más leído de Seúl empezó a serializar “Madame Freedom”, un melodrama sórdido pero realista que desde la ficción hablaba de los conflictos cotidianos de la Corea del Sur de la posguerra. La historia fue un éxito y se adaptó a una película estrenada en 1956, que reactivó la industria del cine a fuerza de escándalo y la volvió muy valiosa. Tanto, que obligó a que en 1967 el gobierno implemente una de las leyes de cuota de pantalla más estrictas del mundo, para proteger a la producción local: desde ese año los cines de Corea del Sur debían proyectar películas de su país de origen durante 146 de los 365 días del año.

Sin embargo, esta nueva era de oro (más de 100 películas estrenadas por año) terminaría de repente en 1973, año en que el gobierno militar aprobó un código de censura que hizo casi imposible filmar otra cosa que no fuese cine de propaganda y religioso.

Y a pesar de todo, los artistas del celuloide no descansaron. A lo largo de los ochenta el director Im Kwon-taek filmó complejas fábulas morales como Mandala (1981) y La Mujer Subrogada (1986), tan sutiles en su crítica social que pasaron por debajo de la mirada de los censores y ganaron premios en festivales de todo el mundo. Este éxito internacional fue clave para terminar con la censura de Seúl y convencer a las grandes corporaciones llamadas “chaebol” (Samsung, entre ellas) a invertir en el cine local.

Los independientes y los chaebol

Durante la década del noventa empezó a surgir un movimiento de cine independiente que aprovechó el fin de la censura para explorar el lado más oscuro de la naturaleza humana. Películas complejas, de guiones intrincados y violencia repentina como El Día Que un Cerdo Cayó al Pozo (Hong Sang-soo, 1996), Final Feliz (Chung Ji-woo, 1999) y La Isla (Kim Ki-duk, 2000), que invadieron los videoclubs de cine bizarro y las proyecciones de trasnoche de festivales como el BAFICI, donde Bong Joon-ho presentó en 2001 su primera película, que poco tenía que ver con tanta crueldad: la amable comedia costumbrista Perro Que Ladra No Muerde.

Mientras los independientes cosechaban premios en todo el mundo, los chaebol se recuperaban de la crisis económica que había sacudido al país en 1997 y volvían a invertir en producciones de alto presupuesto. Shiri (Kang Je-gyu, 1999) fue el primer tanque coreano a lo yanqui, una vertiginosa película de acción que tenía el ritmo de Hollywood, el estilo del cine de Hong Kong, y la misma narrativa laberíntica que se ganaba los aplausos del público festivalero.

Los éxitos nunca pararon. Un año después Park Chan-Wook (el mismo de la imperdible “Trilogía de la Venganza”) estrenaba Joint Security Area, que llevó un millón de personas a las salas en sus primeros 15 días y se convirtió en la película más taquillera de la historia del país. Un récord que cada dos o tres años se volvía a superar, con maravillas como El Huésped (Bong Joon-ho, 2006), Los Ladrones (Choi Dong-hoon, 2012), y la actual campeona, The Admiral: Roaring Currents (Kim Man-hin, 2014), que vendió 17 millones de entradas en un país de sólo 51 millones de habitantes, a pesar de que en 2007 la cuota de pantalla se había reducido de 146 a 73 días.

Aún con una cuota menor, Corea del Sur produce unas 150 películas por año que componen el 50 por ciento de la taquilla anual, mientras que el cine menos comercial sigue ganando premios por el mundo. Oldboy (2003, Park Chan-wook) en Cannes, Pietá (2012, Kim Ki-duk) en Berlín, y Right Now, Wrong Then (2015, Hong Sang-soo) en Locarno.

Por qué no se parecen entre sí

Muy pocas de estas películas se parecen entre ellas. Hasta los mismos directores suelen experimentar dentro de su propia obra con distintas estéticas y temáticas, y por lo tanto es difícil hablar de cualidades intrínsecas del cine coreano, más allá de ese proceso de producción que garantiza un alto nivel de pulido en lo técnico, lo narrativo y lo estético, logrando películas al menos dignas con presupuestos relativamente bajos.

Hay una línea que se puede trazar entre la obsesión con la excelencia de la tecnología coreana, la de su cine, y hasta la de su exitosa música pop. Una obsesión que puede resultar opresiva y hasta demoledora, como hemos visto con la reciente ola de suicidios en la industria del entretenimiento de Corea del Sur - pero eso lo dejamos para una próxima nota.

Los Ocho más Coreanos

Estos son los directores más premiados de Corea del Sur, al menos de las últimas décadas. Cada uno de ellos imprime un estilo inconfundible a sus películas, pero entre ellos no se parecen en nada.

BONG JOON-HO

El flamante ganador del Oscar se reinventa con cada una de sus películas, y como sus amados Tarantino y Scorsese, hace un cine tan intelectual como popular. Memories of Murder (2003)

PARK CHAN-WOOK

Famoso por sus historias góticas de sangre y venganza. Su estilo operístico y melodramático evoca a los directores japoneses de los setenta y clasicistas como Guillermo del Toro. Oldboy (2003)

HONG SANG-SOO

Lo llaman (o al menos lo llamaban) “el Woody Allen coreano”, pero sus comedias ligeras y a la vez profundas tienen más en común con los cuentos morales del francés Eric Rohmer. Right Now, Wrong Then (2015)

LEE CHANG-DONG

Este novelista y ex ministro de cultura quizás sea el director más admirado dentro de Corea gracias a sus análisis de personaje que suelen terminar en estallidos emocionales. Secret Sunshine (2007)

KIM JEE-WON

Un camaleón que salta de géneros y estilos con habilidad sorprendente. Hace terror, comedias, ciencia ficción y hasta un western que hay que ver para creer. I Saw the Devil (2010)

IM KWON-TAEK

A sus 85 años, el decano del cine coreano sigue filmando. Su especialidad son los dramas de época, en especial las adaptaciones de la técnica teatral llamada “pansori”. Chunhyang (2000)

KIM KI-DUK

El único director coreano que estrenó regularmente su cine en nuestro país. Autor de películas violentas y eróticas, en los últimos años fue acusado de abuso por varias de sus actrices. Pietá (2012)

PARK CHAN-OK

La industria coreana es profundamente machista, y son pocas las directoras que pueden destacar. Park sólo filmó dos películas en los últimos 20 años - las dos son obras maestras. Paju (2009)

(Not) Born in the USA

Por alguna inexplicable razón, en 2013 tres de los grandes directores coreanos viajaron a Hollywood para ver si su magia se traducía al cine norteamericano. Spoiler: no pasó.

El Último Desafío (The Last Stand) de Kim Jee-won fue uno de los correctos pero olvidables intentos de resucitar la carrera de Arnold Schwarzenegger. Park Chan-wook, por su parte, le puso toda la onda a Lazos Perversos (Stoker) pero no alcanzó para levantar un pésimo guión. La mejor de todas es El Expreso del Miedo (Snowpiercer), del ganador del Oscar Bong Joon-ho, que fue un fracaso comercial pero que sirvió para que un público masivo descubra a este director a través de servicios de streaming.

Resiste un Archivo

Si querés perderte en el pasado de la industria cinematográfica más vital del mundo, el Korean Film Archive tiene un generoso canal de YouTube en el que podés ver unas 200 películas coreanas de entre 1940 y 2000, con subtítulos en inglés y copias de primera calidad. La dirección es youtube.com/KoreanFilm.

Publicada en La Cosa Cine

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