
Una odisea visceral
Después de una espera que pareció eterna, Duna está a punto de estrenarse. Te contamos de qué se trata, por qué importa, y cómo consumió la vida de su director Denis Villeneuve.
Después de una espera que pareció eterna, Duna está a punto de estrenarse. Te contamos de qué se trata, por qué importa, y cómo consumió la vida de su director Denis Villeneuve.
“Infilmable”. La palabra favorita de cualquier director, pero en especial de uno como Denis Villeneuve, que ha demostrado con sus películas una enorme habilidad para contar con imágenes historias que se resisten a la crudeza de la cámara. Después de una seguidilla de “indies” en su Canadá natal y Estados Unidos, pasó al cine de género con Sicario (2015), una thriller de acción sin acción que escapa a los clichés del cine pochoclero. Con La Llegada (Arrival, 2016) encontró recursos visuales para traducir las estrategias literarias de Ted Chiang, y en Blade Runner 2049 (2017) se animó a continuar la película de culto de Ridley Scott con una secuela aún más introspectiva, que reflexiona sobre la identidad, los lazos afectivos y la naturaleza de lo real.
De alguna forma, todas esas mutaciones del blockbuster fueron simplemente preparación para Duna (Dune, 2021), el mayor desafío de la carrera de Villeneuve. El resultado es una película titánica, una obra profundamente personal y a la vez fiel a la novela original. Una épica de ciencia ficción que nunca pierde de vista el lado humano de sus personajes, pero que mantiene al espectador a distancia, exigiendo atención, análisis y empatía. Duna no es un cuentito espacial en el que uno se pierde, sino un monolito de infinitas lecturas posibles, filosóficas, políticas, psicológicas. No es una película fácil ni comercial, pero te puede cambiar la vida.
Al menos, cambió la de Denis Villeneuve.
LA NOVELA INAMOVIBLE
20.000 años en el futuro, la humanidad ha descubierto los secretos del viaje espacial y ha colonizado galaxias enteras. Pero socialmente, nuestra raza ha retrocedido en el tiempo a una estructura feudal compuesta de familias aristocráticas que responden a un emperador. Una de estas familias, los Atreides, debe abandonar su planeta natal de Caladan para tomar el control de Arrakis, un mundo desértico y hostil pero muy valioso, ya que produce la sustancia más valiosa del universo: la especia Melange.
Desde pequeño, Paul (Timothée Chalamet), hijo mayor del duque Leto Atreides (Oscar Isaac) y heredero al trono, tiene sueños premonitorios que se hacen más intensos con la cercanía del viaje a Arrakis. A lo largo de la historia Paul descubrirá la verdad sobre su nacimiento, la crueldad del mundo, y un futuro predestinado que, de cualquier manera, buscará evitar.
Dune, de Frank Herbert, se publicó en 1965 y es la novela de ciencia ficción más vendida de todos los tiempos. Una obra de infinita influencia sobre el género, que podría verse como el equivalente de la ciencia ficción a El Señor de los Anillos. Pero mientras la obra de Tolkien replica las formas de la literatura clásica para sentirse atemporal, la novela de Herbert es un producto de su época: un alegato contra la explotación de recursos, el consumo desenfrenado, y las guerras santas desatadas por la religión y el colonialismo.
No dice nada bueno sobre el mundo que los grandes debates de hoy sean los mismos que en 1965, y en una entrevista exclusiva con La Cosa, el director Denis Villeneuve bromeó al respecto: “Lo lindo de la ciencia ficción es que podés hablar de temas difíciles sin ofender a nadie. En otros géneros no se puede hablar de religión y cosas como esa, pero en este mundo ficticio, sí.”

Villeneuve conoce las ideas de Herbert, ya que viene pensando en Dune desde que leyó la novela en su adolescencia. Su primera decisión terminante para mantener esa esencia fue dividir el libro en dos películas, lo que permitió profundizar en la psicología de los personajes: “traté de llevar la humanidad de todos los personajes al frente, así no se vuelve un viaje intelectual sino un viaje visceral.”
EL GUIÓN IMPERCEPTIBLE
La novela original no necesitaba cambios en su narrativa para ser accesible a un público moderno, pero Villeneuve chocó de inmediato con la perspectiva hiper masculina de la ciencia ficción de la época, y revela que “hubo detallitos que tuve que modificar para sumar un poco de femineidad al elenco. No fue algo forzado, sino natural.”
Un cambio que ya causó controversias fue la decisión del director (junto a sus guionistas Eric Roth y Jon Spaihts) de cambiar de género al personaje secundario Liet Kynes, interpretado en la película por la actriz Sharon Duncan-Brewster. Según Villeneuve, “lo hice porque sentía que tenía que haber un equilibrio. Transformar a la Doctora Kynes en un personaje femenino fue algo muy natural, que no tenía contradicciones en el texto y que fue bien recibido por los herederos del escritor. Es un detalle, pero hace sentir a Duna más contemporánea.”
La perspectiva femenina de la versión de Villeneuve se siente desde el comienzo. La película empieza con una narración de Chani (Zendaya), un personaje clave de la saga que tenía una participación menor en la primera parte de la novela original. “Al principio Chani era un personaje esencial, pero su rol era el de una musa para Paul”, cuenta Villeneuve, “y eso evolucionó a lo largo del tiempo. Son cambios que fuimos encontrando en el proceso de hacer la película.”
La hermandad Bene Gesserit, formada exclusivamente por mujeres, también tiene una importancia mayor que en otras adaptaciones, tanto que tendrá su propia serie de HBO Max. Pero el cambio más notorio está en la caracterización de la Dama Jessica (Rebecca Ferguson), madre de Paul y concubina del duque Leto, que en la versión de Villeneuve es la verdadera co-protagonista de la película.
“Paul es el protagonista, pero Jessica está solo unos centímetros detrás de él”, dice Villeneuve, “y la película gira alrededor de esta dinámica entre Paul y su madre. Por eso quise que Jessica fuese un personaje con el que el público se pueda identificar. Es un rol complejo por su historia personal y lo que está en juego emocionalmente.”
La Lady Jessica de Ferguson no se parece a las mujeres gélidas y distantes de otras adaptaciones, pero a la vez no traiciona el conflicto entre amor y deber que el personaje esconde a lo largo de la novela. Cada personaje de Dune procesa sus emociones en privado y en silencio, un monólogo interno que es fácil de comunicar en el ámbito literario. Villeneuve y sus talentosos colaboradores logran externalizarlo a través de mínimos cambios en la historia.
Uno de los más sutiles tiene que ver con el duque Leto. Villeneuve no apura la partida de Caladan de la familia Atreides, y suma varias conversaciones cálidas entre los miembros de la familia que logran transmitir esa humanidad que el director busca. Frente a las tumbas de sus antepasados, el duque revela a su hijo un secreto: él nunca había querido heredar el trono, sino que su sueño era ser piloto. “Decidí hacer ese cambio porque el libro dice que el duque es un gran piloto, una de las cosas que lo acercan a sus hombres. Pensé que esa pizca de intimidad que implica compartir sus sueños de juventud con su hijo sería algo hermoso. No encontré ese afecto en el libro, así que lo sumé para crear un lazo más fuerte. Son libertades que te tomás para mantener vivo el espíritu original. Y este cambio genera un eco, para mí muy bello, con la escena posterior en la que padre e hijo vuelan juntos en el desierto.”
LA PELÍCULA IMPARABLE
En marzo de 2019, Villeneuve armó un equipo de colaboradores de confianza y partió a Jordania para empezar el rodaje. El desierto real haría sentir a sus actores inmersos en la realidad de Arrakis, mientras que el retrofuturismo del diseño, con sus objetos de uso diario simples y habitaciones despojadas, se siente primitivo y a la vez foráneo. Un minimalismo casi vikingo que juega con una ambientación a mitad de camino entre Star Wars y Game of Thrones.

Eso no quiere decir que no haya efectos digitales. Naves estelares inmensas de estética medieval, fascinantes vehículos voladores (los “ornitópteros”), y escudos de protección personal que podrían ser el equivalente de Villeneuve a los sables láser de George Lucas. En una de las primeras escenas, el entrenador Gurney Halleck (Josh Brolin) muestra a Paul cómo funcionan los escudos en combate, hologramas sólidos que se proyectan como una armadura alrededor del cuerpo. Cuando el escudo protege de un golpe, es azul, pero cuando un ataque penetra, se torna rojo. Varias de las batallas de Duna toman lugar en la oscuridad, mares hipnóticos de siluetas grises que brillan con azul o rojo de acuerdo a quién está ganando.
En Duna no falta acción a gran escala, explosiones y artes marciales, pero los momentos más distintivos de la película tienen en común un aspecto que obsesiona al director: la quietud. Paul se mantiene inmovil durante los desafíos más duros a su cuerpo y mente. Una decisión intencional de Villeneuve: “No hay nada más terrorífico que una araña que no se mueve. La inmovilidad es poderosa, y para mí es un impulso cinematográfico. Me atrae la idea de la actuación que se comunica con los ojos, sin otro tipo de movimiento. Uno de mis directores favoritos es Akira Kurosawa, y siempre pienso en las peleas de sus películas. Se miran, y sabés que uno va a golpear y el otro va a morir.”
Pero Villeneuve sabe que la decisión estética más importante de la película es la imagen icónica de Duna: el gusano gigante que vive bajo la arena y que los Fremen llaman Shai-hulud.
“Fracasar no era una opción”, dice el director, y junto a su diseñador de producción Patrice Vermette, “Decidimos aceptar la vida o, mejor dicho, la biología… ¿Cómo sería un gusano gigante si realmente existiera? ¿cómo respira esta criatura? ¿cómo se alimenta? El proceso fue casi científico.”
En la visión de Villeneuve está conectado lo biológico, lo espiritual, y el sentido que la bestia tiene para sus personajes: “al final del día, Shai-Hulud representa a Dios. Los Fremen establecen una relación sagrada con la naturaleza, así que el gusano tiene que invocar una sensación de espiritualidad. Esa boca con dientes de ballena se ve como un ojo.”
Finalmente, Villeneuve habla de la dificultad para encontrar el punto exacto en el que se dividen esta primera parte y la secuela hasta ahora no confirmada: “Nos tomó mucho tiempo llegar a ese final. Para nosotros era importante que el público quedase enganchado…” Y de repente, el director se detiene, pide disculpas, dice que “enganchado” no es la palabra correcta. Una autocorrección que revela el delicado equilibrio de esta película. Una franquicia cinematográfica de alto presupuesto y a la vez la obra personal de un visionario del cine que se resiste a manipular a su audiencia.
Después del lapsus, Villeneuve continúa: “Era importante terminar en un momento en el que Paul y el público tuvieran un arco narrativo con principio y final. Que se sienta que se contó una historia completa.”
En octubre, cuando Duna por fin se estrene, cada espectador decidirá si Villeneuve cumplió ese objetivo. El otro viaje, el de un director que soñó una película en su adolescencia y pasó cuatro años haciéndola realidad, ya llegó a su fin. El día del estreno empieza un tercer viaje: la trayectoria comercial de una película monumental y exigente, que busca transportar al público a un nuevo universo y a la vez hacerlo reflexionar sobre el mundo en el que vive. Esperemos que ese viaje llegue a buen destino. Por Villeneuve, por el legado de Frank Herbert, y por los que creemos en el poder transformativo del cine de ciencia ficción.
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