
Nidhogg
El fantasma de la electricidad
Después de la sagrada y todopoderosa arma de fuego, la espada es, sin duda, el segundo implemento de muerte más simulado en el mundo de los videojuegos. Pero las espadas de esgrima de Nidhogg tienen poco que ver con esas monstruosidades que revoleamos en Skyrim con la elegancia de un escobillón, y tienen menos aún en común con las floridas coreografías de Raiden o de Dante. No, Nidhogg se diferencia dándonos un control a nivel píxel de nuestro espadachín: postura, distancia, altura. Mil cálculos que corren por nuestra mente mientras buscamos bloquear los ataques de nuestro enemigo y encontrar esa vulnerabilidad en su defensa. Y una sola estocada es necesaria para acabar con el enemigo y avanzar hasta el final y la gloria. La gloria de ser masticado por una serpiente gigante, pero gloria al fin.
Lanzado sorpresivamente a principio de año, Nidhogg goza de un estatus legendario en el mundo indie. Su creador Messhof pasó cuatro años puliendo este juego después de terminarlo, llevándolo (personalmente o a través de sus amigos en el ambiente) a distintas fiestas, exposiciones, y eventos. Este proceso resulta en un juego de cualidades diamantinas, cuyos simples controles (cuatro botones para moverse, atacar y defender) ocultan una jugabilidad libre de animaciones restrictivas, donde la respuesta entre nuestro comando y la acción en pantalla es inmediata. Cada movimiento, cada cuadro de animación, está bajo nuestro control, y la habilidad es tan importante como la estrategia a la hora de librar un combate que puede durar eternos segundos o acabarse en menos de un parpadeo.

La genialidad de Nidhogg está en relativizar la derrota, tal como lo hacen otros demandantes indie como Super Meat Boy o Hotline Miami. Las arenas de combate son amplios niveles de siete pantallas cada uno. La batalla comienza en la pantalla del medio, con un duelo entre dos espadachines. El ganador de este duelo tiene el derecho de avanzar por unos segundos, hasta que se genere un nuevo soldado anónimo para el perdedor, que una vez más se debe batir a duelo por el derecho de seguir avanzando. Cada nivel incluye elementos variables en el escenario (plataformas móviles, puentes que desaparecen) que suman interesante caos a la acción, pero el desarrollo no cambia nunca: duelos de enloquecedora intensidad puntuados por corridas desesperadas al próximo punto de control.
La influencia del clásico Karateka de Jordan Mechner va más allá de la perspectiva de lado, la animación realista y simple de los sprites y la estructura de los niveles. Aquel juego de Commodore 64 nos obligaba a controlar nuestro avance y encontrar el momento ideal para pasar de la defensa al ataque, mientras que Nidhogg comprime y repite esa experiencia mientras recarga nuestros sentidos con una paleta saturada de amarillos y rojos fluo, explosiones de sangre de neón, y una sublime banda sonora electrónica. Es el equivalente de hacer yoga en el patio de comidas de un shopping el día del niño. Un cóctel de furia y adrenalina, arcade puro.

Nidhogg fue diseñado como una experiencia para dos jugadores, y el modo individual de esta versión comercial da la impresión de haber sido terminado a las apuradas. La inteligencia artificial de los enemigos es predecible, y la escalada de habilidad en niveles tardíos resulta irritante. Una estrategia válida en cualquier deporte que enfrenta a dos jugadores es sostener la propia posición mientras esperamos el error ajeno, y los robotizados oponentes de Nidhogg carecen de audacia o de impaciencia. Aquí Messhof podría haber recurrido a otra de sus inspiraciones, el genial Bushido Blade y su compleja, variada campaña individual. En especial considerando que el sistema de “matchmaking” para juego en línea todavía no es tan estable como debería serlo.
Por eso decir que Messhof finalmente “lanzó” Nidhogg no parece apropiado. Es como si el desarrollador hubiese podido seguir puliendo esta maravilla indie hasta el infinito, y si lo dejó ir, fue solamente por el miedo a volverse loco de obsesión. A diferencia de los citados Hotline Miami y Super Meat Boy, la experiencia final de Nidhogg resulta, si no incompleta, austera. Sin embargo, su originalidad, su afinado equilibrio y la profundidad de su sistema de combate lo hacen un juego competitivo de primera línea y de compra obligada para los amantes del género.
Pulido y equilibrado sistema de combate. Estética llamativa. Perfecto para juego local
Poco contenido. Modo individual corto y repetitivo. Problemas de matchmaking
Review
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