
Cronotripper 64 (23): Hay un Japón Kurosawa y un Japón Miike
El Japón Kurosawa es el de las películas del viejo Akira, del haiku, de las pinturas sumi-e. El de Studio Ghibli y de Nintendo. Exótico pero accesible. Una cultura única y a la…
Hay un Japón Kurosawa y un Japón Miike.









El Japón Kurosawa es el de las películas del viejo Akira, del haiku, de las pinturas sumi-e. El de Studio Ghibli y de Nintendo. Exótico pero accesible. Una cultura única y a la vez autocontenida. No es necesario saber nada sobre el Japón feudal para disfrutar Rashomon. Es la cara que a Japón le gusta mostrar.
El Japón de Takashi Miike, en cambio, es sucio, vulgar, fagocita la cultura pop para ofrecer una versión sin reglas de cada género occidental. La palabra fácil para describir a este director es “extremo”, y aunque hay décadas de producción de este otro Japón, recién en los ‘90 infectó el mundo. Las puntas de lanza fueron el hentai (Urotsukidoji) y el gore (Guinea Pig), pero el gaming clase B tardó mucho más en llegar.
Durante décadas no existió un marco legal antipiratería en Japón. El mercado de juegos de PC, por lo tanto, era un negocio de nicho. Los presupuestos eran nulos y no existían barreras para el desarrollo porque no había que comprar un devkit a Nintendo. Así nace la industria paralela del doujin soft, desarrolladores amateurs que exploraron géneros que el mercado iba abandonando como la novela visual, el RPG, o el shooter.
La industria doujin no tardó en profesionalizarse, y en la década de 2010 conquistó el mercado mobile. Los hackers DIY sabían aprovechar las limitaciones de nuevos sistemas y se adelantaron a las empresas grandes que le hacían asco a lo casual. El juego más popular de Japón (Fate/Grand Order) está basado en software dojin.
El Japón Miike fue encontrando su lugar en un mundo del gaming cada vez más interesado en culturas menos empaquetadas. Suda 51, Swery, Yoko Taro, y hasta la serie Yakuza que, no por casualidad, fue lanzada con una película dirigida por Takashi Miike himself.
Pero quedan registros del Japón Miike de los ‘90. El doujin estaba centrado en Akihabara, el “barrio eléctrico” donde se compraban partes de PC, juegos piratas, electrónica dudosa, VHSs bizarros y tamagotchis experimentales. El sitio Gaming Alexandria rescató parte de su historia, en las revistas Game Urara y el anual “Book of Pirate Software”. Páginas de una cultura vibrante, grotesca, hipnótica.
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