Una coincidencia coleccionista
Me pasó algo - para mí - interesante este fin de semana en el universo del coleccionismo, espacio que no conozco muy bien.
Me pasó algo - para mí - interesante este fin de semana en el universo del coleccionismo, espacio que no conozco muy bien.
Tiene que ver con una mangaka, un poeta sorpresa, y una coincidencia cósmica que triangula el planeta.

La mangaka es Kyoko Okazaki. Una artista idolatrada al nivel de Taniguchi o Tsuge en Japón que no tiene mucha repercusión fuera del país más allá de sus tres obras más importantes: pink, Helter Skelter y River’s Edge, la última y quizás más influyente de sus novelas gráficas.

Me impactó River’s Edge cuando la leí hace años en una “scanlation” (traducción hecha por fans). Es una historia coral de adolescentes que se vuelve más oscura a cada página, hasta llegar a un climax dramático cerca del final en el que la narración se vuelve confusa, poética.

La narración en blanco sobre negro es el monólogo interno de la protagonista, pero de a poco incluye a otros personajes y, por el final, se vuelve una especie de voz colectiva.
Aún así, el tono de este texto en particular es raro, distante. No por eso menos efectivo.

El capture ese es de la edición en inglés de Kodansha de 2023, con una traducción perfecta de Alexa Frank. El interludio sigue siendo genial, pero sigue sonando raro.
En esta traducción hay un detalle nuevo: un crédito. No lo escribió Okazaki.
Lo escribió (!) William Gibson.

Gibson, por supuesto, es el padre del cyberpunk, autor de Neuromante y varias novelas ambientadas en Tokio, como Idoru. Jamás había leído uno de sus poemas, y este es escalofriante. Un lamento cyberpunk que resalta aún más en esta obra minimalista, cotidiana.

El poema habla de amar en el “flat field”, (campo chato), algo que describe el universo consumista, feroz, de Okazaki y la imposibilidad de sus personajes de crear cualquier conexión duradera. El concepto pegó tanto que fue el nombre de una retrospectiva de 2015 de la autora.

Quise buscar el poema completo, y nomás encontré extractos, la mayoría en sitios japoneses, lo que para mí confirma el impacto cultural de la obra y el texto. El crédito dice que el poema viene del libro “Robert Longo”.
¿De dónde me suena ese nombre?
Longo es un artista plástico, gran amigo de Gibson y, casualmente, director de Johnny Mnemonic (1995), aún hoy la mejor adaptación del autor. El libro resultó ser una colección de fotos de 1992, parte de la colección Art Random de la editorial Kyoto Shion.
¿Se podía conseguir?

No. La editorial quebró hace 20 años. No está editado en inglés, no está en Internet Archive, y ni siquiera lo encontré en Amazon JP o los sitios de subastas en los que compré los libros que tengo de Okazaki. Ya me había rendido.
Y acá va la coincidencia.

Googleando a ver si al menos encontraba un PDF pirata, apareció un link inesperado… de Mercado Libre.
Y todos sabemos cómo es comprar libros raros ahí. Un revendedor lista un producto que no tiene, te lo pide a Amazon, y cuando no lo consigue cancela el pedido.

¡Pero este no era de esos! Era una librería de usados real, de un tal “Máximo Magno” (no el emperador).
Puse “comprar” suponiendo que me iba a mandar un mensaje pidiendo disculpas.
Pero estaba. Me dijo que pase cuando quiera.
Está a 10 cuadras de donde grabo el podcast.

Y esa es la historia de cómo conseguí una copia del poema de Gibson, en el mismo libro de Longo que un día hojeo Okazaki, que juntaba polvo en perfecto estado en el fondo de una librería de Palermo.
Acá va el poema. La impresión es medio ilegible, pero vale la pena zoomear.




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