
Pionerxs: Herk Harvey
El Pabellón Saltair fue alguna vez un edificio imponente. Un salón de baile construído en 1893 que se incendió en 1925 y quedó abandonado desde entonces. Una más de las ruinas del…
El Pabellón Saltair fue alguna vez un edificio imponente. Un salón de baile construído en 1893 que se incendió en 1925 y quedó abandonado desde entonces. Una más de las ruinas del pasado de la iglesia mormona a las orillas del lago que da su nombre a Salt Lake City.
La capital del estado de Utah no es exactamente una meca cultural, y Herk Harvey, a pesar de haber filmado cientos de películas, estaba lejos de imaginarse a sí mismo como un visionario del séptimo arte. Harvey había estudiado teatro en la universidad, pero la vida lo había llevado por el camino del cine industrial: películas educativas y comerciales para la empresa Centron. Un trabajo digno con ingreso regular.
Y sin embargo, Herk soñaba con una película “de verdad”. Y sabía que si alguna vez la podía filmar, la última escena sería un baile estremecedor en pleno Pabellón Saltair, por el que pasaba cada vez que salía de la ciudad.
Esto no quiere decir que Harvey fuese un oficinista del cine. Sus cortometrajes imaginativos trascendían la mera función educativa, y pronto su trabajo convirtió a Centron en una marca cotizada. Luego de una década de filmar instructivos, Herk no pudo más e intentó convencer a Centron de producir un guión que su compañero de trabajo John Clifford había escrito en sólo tres semanas. Su nombre: Carnaval de las Almas (Carnival of Souls, 1962).
Centron no quería saber nada con esta historia de fantasmas, vampiros, y una mujer hipnotizada por el extraño edificio que obsesionaba a Harvey. El director no se dió por vencido, y con un presupuesto de poco más de 30.000 dólares y un equipo de cinco personas, logró filmar una joya del cine independiente antes de que nadie usara ese término. Un híbrido de terror, fantasía, y psicodrama en el que Harvey aprovechó todo lo que había aprendido en el cine corporativo para mostrar nuevas formas de contar un flashback, una persecución, una muerte.
El problema fue la distribución. Harvey firmó contrato con un pequeño sello que no supo cómo vender la película, y todos perdieron plata. La distribuidora se fundió, el director volvió a la oficina, y durante años se olvidaría de su primera y última película.
Pero Carnaval de las Almas perduró en la trasnoche y en el cable, donde la descubrieron cinéfilos empedernidos como David Lynch, George Romero, James Wan y hasta la argentina Lucrecia Martel. En 1989 una copia restaurada empezó a circular por festivales y fue un redescubrimiento para el público masivo. Poco después se reestrenó en cines y Harvey, que para entonces se había retirado de Centron, participó de reuniones y retrospectivas hasta su muerte en 1996, dejando el legado de un pionero del cine que filmó una obra maestra que perdura en el tiempo… y cientos de brillantes bocetos, relegados a los sótanos de bancos, escuelas y oficinas gubernamentales.