
Hatsune Miku Project Diva F
La Bestia Pop
El ropero de un gamer está colmado de reliquias del diseño industrial: alfombras rítmicas, guitarras de plástico, cámaras 3D y todo tipo de aparatos que nos confirmaron una y otra vez que a la hora de jugar no hay nada como el viejo y querido joystick, la manera más directa de comunicarnos con cualquier fichín. Como no hay género que haya experimentado más con los métodos de control que los juegos basados en ritmo, ahí es donde la serie Hatsune Miku destaca más allá de su popularidad: en ofrecer el mejor juego rítmico en años sin otra necesidad que un simple joystick de PlayStation 3.
El núcleo de Hatsune Mike Project Diva F consiste en una mecánica rítmica concisa que ofrece 35 canciones que se pueden jugar en cuatro niveles de dificultad. La velocidad de estos éxitos del J-pop (algunos de ellos superan las 200 pulsaciones por minuto) hace que la jugabilidad se centre en la precisión en vez de la memoria o la habilidad. En el modo más sencillo sólo tendremos para presionar un botón y uno de los joystick análogos (incluir estas palanquitas es la única innovación seria de este quinto juego de la serie), lo que puede parecer sencillo, pero la cantidad de notas que deberemos acertar para superar cada desafío es muy superior a la de juegos más casuales como Rock Band o Just Dance. En vez de la clásica línea por la que pasan las notas de otros juegos rítmicos, los blancos en los que debemos acertar viajan por toda la pantalla, y esto sumado a la pirotecnia visual de cada videoclip hace de la serie Hatsune Miku un verdadero desafío para expertos en el género.

Si este Project Diva F solo consistiera de su aspecto de juego rítmico, se ganaría un excelente puntaje y sería una compra asegurada para fanáticos del J-Pop. Pero el fenómeno de Hatsune Miku y el público otaku al que está apuntado hace de esta primera entrega de la saga traducida al inglés un objeto un poquito más complejo y que amerita un análisis más profundo.
Hatsune Miku es una “vocaloid”, una aplicación sintetizadora de voz basada en tecnología de Yamaha, un instrumento que emula la voz humana en base a samples grabadas por una actriz. La genialidad de Crypton, estudio que desarrolló a Miku, fue darle una personalidad y un diseño estilo animé que la convirtió en una de las primeras “idols” virtuales. El grupo de J-Pop Supercell utilizó a Miku en un par de canciones y pronto su popularidad superó todas las expectativas, al punto de editar varios discos, dar conciertos que utilizan revolucionaria tecnología holográfica y, a fin de este año protagonizar The End, una ópera que se estrenará en París.
Los aspectos más problemáticos de Project Diva F están en los Diva Rooms. Fuera del menú de canciones, podemos acceder a pequeñas habitaciones en las que viven Miku y sus amigas para cambiarles la ropa, decorar sus cuartos, darles regalos y en una de las interacciones más extrañas que se hayan visto en un juego no-hentai, acariciar sus rostros para jugar una variante de “piedra, papel, o tijera”. Todo lo que ocurre en el Diva Room es inocente (en especial si las comparamos con las misiones Gigolo de un Killer is Dead), pero la idea de tratar a una mujer, por más virtual que sea, como si fuera un Tamagotchi o un Nintendog resulta, como mínimo, denigrante. Por suerte para los que no están interesados en un híbrido de The Sims y simulador de citas, esta casa de muñecas virtual es completamente independiente del resto del juego.

Fuera del excelente juego rítmico, lo más interesante de Project Diva F es el modo Edit, un intrincado y poderoso editor que nos invita a dirigir nuestro propio videoclip con una complejidad que se acerca a la del brillante (al menos en ese aspecto) The Movies de Lionhead. No es simple diseñar un videoclip en esta modalidad, pero el que quiera invertir su tiempo logrará una obra digna de la apertura de un buen animé. Es una buena ocasión para admirar la calidad de los modelos y del motor gráfico - al ser Project Diva F una conversión de un juego de Vita, podíamos esperar una calidad inferior, pero la potencia de PlayStation 3 está bien aprovechada en este primer título de la serie para dicha consola.
Como el Black Metal o la cumbia villera, el J-Pop genera fanatismo en sus seguidores y un profundo rechazo en los que no son “del palo”. Si estás dispuesto a saltar esa barrera, permitime recomendarte este original, pulido y dificilísimo juego rítmico que, con suerte, no será el último que veamos en Occidente de esta ambiciosa franquicia.
La música. El modo edición. La altísima dificultad
El modo Diva Room, entre patético y siniestro
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