
Cronotripper 64 (34): La muerte del Arcade
El arcade está muerto. Las galerías de fichines y flippers se pusieron de moda a principios de los ‘70, tuvieron su pico a finales de esa década, y un par de resurgencias en los…
El arcade está muerto. Las galerías de fichines y flippers se pusieron de moda a principios de los ‘70, tuvieron su pico a finales de esa década, y un par de resurgencias en los ‘80s y ‘90s. No llegaron al final de esa década.









Sin embargo, el arcade sigue vivo. O al menos una versión zombi. Aggiornada y a la vez nostálgica.
En la Argentina pre-COVID sobrevivía en lobbys de complejos de cine, salones de la Costa Atlántica, y bares cool como El Destello. En el resto del mundo, la historia no es muy distinta. Complejos como Dave & Buster’s (para niños) y Barcade (para adultos) rescatan en USA el arcade como espacio social, con máquinas clásicas junto a esperpentos modernos donde se juegan versiones toscas de Halo o Flappy Bird. El Bury Arcade Club de Manchester es la mejor cara del coleccionismo. El Computerspiele Museum de Berlin busca poner el arcade en un contexto humano.
Pero en Japón es distinto. Porque es el único país en el que la industria del arcade todavía es viable. Sega maneja múltiples complejos que ofrecen experiencias para un público de nicho que gasta mucho. Máquinas sofisticadas como Border Break o las mil variantes de Idolmaster se codean con incomprensibles Rhythm Games y juegos de estrategia que utilizan variantes de las mecánicas de mobile: persistencia, social, gacha.
Al alejarse de centros comerciales como Shibuya o Akihabara se puede encontrar uno de los pocos arcades clásicos de Tokio que sigue funcionando. El Mikado, a unas cuadras de la estación de Takadanobaba, es el lugar favorito de los profesionales del fighting game. No es glamoroso. La enorme mayoría de los arcades son clones Astro City de Sega. Las pantallas no son las mejores y muchos de los juegos se juegan en máquinas emuladoras multijuego. Es un gimnasio, y huele tan mal como uno, gracias a que las leyes de Japón todavía permiten que se fume en interiores.
El Mikado no es particularmente amigable para curiosos y turistas, pero es una máquina del tiempo. La nostalgia, el ánimo restaurador y la obsesión coleccionista van en contra de lo impredecible. De la inmediatez orgánica que hacía de estos recintos un escape más que un templo.
(1-5) El Mikado. Casi desierto, pero en toda su gloria. Un miércoles de enero de 2018, a las 11 de la mañana. Gabinetes genéricos, pero en general en buen estado. Pósters, panfletos de shows, oficinistas perdidos y pros entrenando. Las máquinas de (4) son las NESiCAxLive, el sistema que usa Taito para distribuir sus juegos de forma digital pero que aun así sean las versiones de arcade. La placa está emulada, pero el hardware es real. Sega tiene una similar que se llama ALL.Net.
(6-10) Los otros arcade. Menos vivos, pero quizás más lindos para el que quiere una mirada al pasado o una teoría de cómo podrían ser. (6) La entrada al Barcade de Manhattan, que parece una escena de Leisure Suit Larry. (7) La galería genérica pero adorable del Computerspiele Museum de Berlín. Un modesto salón de arcade junto a cubículos que congelan distintas consolas en el tiempo y arcades experimentales como el infame Painstation. (8) Viernes a la noche en Bury Arcade Club, al norte de Manchester. Es el arcade más grande de Europa, que funciona en las noches de fin de semana en tres pisos de una sociedad de fomento, a una hora de Manchester. (9) La experiencia suspendida en formol del Museum of the Moving Image en Queens. En su segundo piso tiene una colección de arcades impecables, restaurados y listos para jugar en una mezcla de recreo de las muestras más “serias” e instalación. (10) El futuro: Sega Joypolis en Odaiba, Tokio. Una mezcla de arcade y parque de diversiones en interiores, con un par de gabinetes pero más “experiencias” que otra cosa.
Historia
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